El Ministerio de Sanidad ha recomendado a cada comunidad autónoma que cierre su territorio a los viajeros navideños, con la excepción de familiares y allegados. Se diría que, además de seguir la carrera de Filosofía, el ministro debió recibir algunas clases de seminarista, o asistir a la catequesis –como todos los españoles de mi edad, por otra parte–, porque ha rescatado el espíritu de la celebración del nacimiento de Dios hijo, aquella añoranza con la que la canción popular nos invitaba a volver a casa por Navidad.

¿A casa de quién? Lo que es la familia queda claro, pero ¿allegados? El Ministerio los define como “personas con un especial vínculo afectivo” y eso suena a rojerío, es decir, a parejas de hecho que no cuentan con el libro de familia para enseñarlo en el aeropuerto, la estación ferroviaria o el control de carreteras. Debe ser ésa la razón que ha llevado a la Junta de Andalucía –en manos del PP, como se sabe– a rechazar la propuesta ministerial permitiendo sólo la reagrupación familiar. Los amigos y allegados, que se queden en sus casas, que el horno no está para ambigüedades.

Que hay muchas. Lo que nos decía el Ministerio es que no tiene ningún sentido viajar a tontas y locas intentando ir a un lugar donde no se tuviesen parientes ni se conociera a nadie; dicho de otro modo, negando las claves principales del turismo de siempre. ¿Quién no se ha visto tentado a irse, en especial en las navidades, a un lugar remoto en el que fuese un desconocido absoluto ahorrándose así la amenaza de las cenas de diciembre? Si se tiene la precaución de viajar a un país musulmán, incluso cabría librarse de los villancicos y los adornos callejeros. Pero en cuanto la pandemia cerró las fronteras nos quedaba sólo el recurso de una casa rural aislada en el monte más perdido de todos. Pues bien, que no sea andaluza: el requisito para que te dejen entrar allí es que te cases antes con alguien del lugar. Tampoco es cosa de liarla tanto.

Desde el primer confinamiento, los sabios de la cosa han discutido hasta la saciedad acerca de cómo aplicar las sanciones destinadas a obligarnos a los ciudadanos a cumplir con las normas teóricas que, encima, cambiaban a cada poco. Con los allegados va a ser incluso más difícil porque dejan mucha mano libre a la imaginación para huir de casa en Navidad. El vínculo afectivo puede existir hasta con un club de fútbol y, en ese caso particular, se trata de un afecto especial donde los haya. Pero ¿cómo demostrarlo si no hay documento administrativo alguno que indique cuáles son las pasiones que tiene escondidas cada uno en el corazón? Para mí que las diversas autoridades han tirado ya la toalla y se dedican a despejar los balones que lleguen en espera que la vacuna libre al país de la necesidad de demostrar lo indemostrable. Y, mientras tanto, igual nos despachan un carnet de amigos del alma.