Periodistas enredados

Las redes han disparado la secular ansia de los periodistas de reafirmar su ego. No hace tanto, los reporteros luchaban en sus medios por el cuerpo de su firma, la ubicación de sus artículos en página impar, los laureles de la primera página o la repercusión en radios y televisiones de sus exclusivas. La irrupción de las redes, unida a la cada vez menor repercusión de los medios llamados tradicionales, ha propiciado que el ambicioso periodista busque la gloria en el maremágnum de Twitter. Intenta desesperadamente tener un perfil propio, diferenciado de su cabecera. Está convencido de que su cabecera está a su servicio y no él al servicio de su cabecera. En el fondo, se trasluce un creciente individualismo –la marca soy yo– frente al trabajo colectivo, frente a la suma de talentos que históricamente ha propiciado que la prensa alcanzara el lugar que le correspondía en la sociedad: el cuarto poder.

El debate nunca resuelto sobre el uso periodístico de la redes se ha reabierto con la declaración de intenciones del nuevo director de la televisión pública británica. “Si quieres ser un columnista de opinión o un activista en redes sociales, me parece una opción muy válida, pero no deberías estar trabajando en la BBC”, advirtió Tim Davie en su declaración de intenciones ante sus empleados.

La pléyade de “influencers” que tienen más confianza en la todopoderosa multinacional Twitter que en sus propias cabeceras ha puesto el grito en el cielo y se ha apresurado a calificar las palabras del director de la BBC como una amenaza a la libertad de expresión. ¿Acaso los periodistas no tenemos derecho a manifestar nuestras propias opiniones?, se preguntan. Claro que lo tienen. Siempre, como bien apostillaba Tim Davie, que esas opiniones no pongan en riesgo “la reputación y la imparcialidad” de la empresa para la que trabajan. ¿Cuántas veces al cabo del día leemos en Twitter opiniones de periodistas que perjudican “la reputación y la imparcialidad” de sus cabeceras?

Los conflictos ideológicos en las redacciones no son nada nuevo. Los periodistas trabajamos con materiales muy sensibles, inflamables, como son las ideas y las creencias. Tradicionalmente esos conflictos se solucionaban de forma civilizada, a través de debates internos, con instrumentos hoy en desuso como los comités o los estatutos de redacción. Siempre recordaré la sección de Opinión de un diario de Madrid, la más plural que he conocido, en la que si un redactor tenía objeciones ante determinadas posturas del periódico, se le dispensaba de editorializar sobre el asunto. Por ejemplo, uno de los redactores, católico, estaba eximido de editorializar sobre el aborto o la eutanasia, dadas sus creencias distantes de las de la línea editorial. Hoy, en una época ciegamente militante en la que todos los periodistas quieren ser activistas y columnistas, el redactor disidente hubiera corrido a las redes sociales a verter sus propias opiniones, porque hoy tenemos una imperiosa necesidad diarreica de opinar sobre todo y de exponerlo a los cuatro vientos.

La prohibición nunca ha sido la solución. Prohibir a los redactores el acceso a las redes sociales sería poner puertas al campo. Sin embargo, el periodista no debe olvidar que representa a su medio –argumento que se empleaba cuando se pedía a un reportero el mínimo decoro a la hora de vestir– y que para que el trabajo en equipo sea eficaz debe diluir su ego en aras del esfuerzo colectivo. En una red de 364 millones de usuarios, de nada sirven esas coletillas de “mis opiniones son solo mías”, “cuenta personal de…” o “aquí me represento a mi mismo”. ¿Alguien cree que el feroz tuitero se va a detener en sutilezas?

Los periodistas, encargados de la vigilancia del poder, deberíamos darnos cuenta de que nuestro trabajo individual sirve de muy poco, por más que las redes nos engatusen con el espejismo de que llegamos a todo el mundo. Sólo desde el trabajo colectivo, desde la suma de talentos bajo una cabecera podremos cumplir nuestra misión. ¿Por qué si no líderes como Trump, o nuestros propios políticos, se empeñan en utilizar Twitter como plataforma y obviar a las cabeceras tradicionales? Alimentar las redes, regalar a Twitter nuestro trabajo, en detrimento de nuestros medios, es tirar piedras contra nuestro propio tejado.