El presidente del Gobierno, señor Sánchez, ha regresado de la cumbre europea sobre la recuperación económica y fue recibido en la sede de su partido y desde los escaños de la mayoría en el Congreso con grandes aplausos, dando a entender que el acuerdo final de los 27 ha sido muy favorable para nuestro país. Aunque al respecto no hay unanimidad. Desde las filas del Gobierno se sostiene que Sánchez negoció con gran habilidad y se trajo para Madrid una importante cantidad de dinero, sin renunciar a lo más destacado de su programa social. En cambio, desde las filas de la oposición se asegura que la entrega de ese dinero está condicionada justamente a todo lo contrario. Bien, no tardaremos en saber si los aplausos a Sánchez están justificados a medida que se vaya conociendo la letra pequeña de los acuerdos. Con su característico desparpajo, el presidente cree que los tiene muy merecidos y hasta calificó de cicateros a los diputados de la oposición por no haberle “hecho el pasillo” en su honor como suelen los equipos de fútbol con quienes acaban de conquistar un campeonato.

La costumbre de aplaudir con cualquier pretexto está cada vez más extendida y va camino de perder su antiguo significado. Durante el confinamiento que siguió a la extensión del coronavirus se hizo ritual aplaudir a los sanitarios que luchaban para detener el contagio en dramáticas condiciones por falta de medios. Y también al personal de los supermercados que arriesgaban su salud para permitir el alimento de la población. O a los internados en las UCI que conseguían salir vivos del contagio tras una larga estancia en el hospital. El aplauso espontáneo era, en este caso, una forma de expresar solidaridad y también de dar salida a la emoción. Pero antes de esto también tuvimos ocasión de oír aplausos en el anuncio de la retirada de políticos, deportistas, toreros, funcionarios, banqueros, estrellas de la canción española y hasta en funerales. Últimamente, es costumbre en todos los partidos políticos que aparezcan en escena dirigentes y militantes de base aplaudiéndose los unos a los otros como si estuvieran muy contentos por haberse conocido. Y ya da lo mismo haber ganado o perdido las elecciones, el aplauso está garantizado.

Por supuesto, con tanta reiteración, le ocurre al aplauso actual que pierde valor. En la dictadura franquista pasaba algo parecido. Los aplausos estaban tasados y, fuera de halagar a los grandes personajes de la satrapía, no se prodigaban demasiado. ¡Y ay del que se atreviese a aplaudir lo que no tocaba! Podía terminar en la cárcel. Con todo, el aplauso más curioso del que yo fui testigo tuvo lugar en una boda. La novia estaba visiblemente embarazada y mientras iba de mesa en mesa agradeciendo asistencias y regalos, alguien incluyó, entre las fotografías y vídeos de los novios que se proyectaban en una pantalla la ecografía de un feto. Los invitados estallaron en aplausos mientras gritaban “¡ Paco!, ¡ Paco!, ¡ Paco!”. Al parecer, el niño iba a ser inscrito con el nombre de Francisco.