Opinión
Pedrero en Madrid, viaje de ida y vuelta
OPINIÓN | Esa capacidad para captar la esencia humana trasciende al lienzo gracias a un dominio incontestable del dibujo, al que él mismo define como "vehículo imprescindible de la expresión plástica"

Pedrero en Madrid, viaje de ida y vuelta
Hay personas que llevan la geografía de su infancia grabada en la mirada. Antonio Pedrero (Zamora, 1939) es una de ellas. Quienes tenemos la suerte de contar con su amistad no solo admiramos al maestro de prodigiosa memoria, al ser humano sencillo, generoso y cercano a todos; admiramos, por encima de todo, a uno de los últimos eslabones de esa genial saga de artistas que dio Zamora a lo largo del siglo XX. Un creador que tomó una decisión radical y generosa: la renuncia voluntaria a los oropeles de las grandes ciudades para echar raíces en su tierra, formar aquí su familia y hacer de Zamora su verdadero horizonte plástico.
Por eso resulta un motivo de enorme orgullo su gran exposición retrospectiva en la sala de exposiciones del Centro Cultural Casa de Vacas, en pleno corazón de Madrid. Llenar de luz zamorana la capital de España es el justo reconocimiento al que, sin duda, ha sido y es uno de los grandes pintores de nuestra provincia. Ahora que -rotas ya las costuras del relato centralista- reivindicamos un territorio con voz propia, Antonio vuelve a la ciudad a la que llegó en junio de 1953 para ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
La producción de Pedrero se vertebra en coordenadas rotundas. En primer lugar, Zamora y el Duero como espacio físico. Ha retratado la silueta de la ciudad desde la margen izquierda del río en infinidad de ocasiones: con luces distintas ("La luz, sólo la luz, esa luz…" que escribió el poeta Waldo Santos), cielos variados y matices del agua siempre cambiantes. Su obra es, a la vez, siempre igual y siempre diferente. Escenarios repetidos en simbiosis plástica. También Sanabria, las casas de Ribadelago con sus caparazones de pizarra y siempre el lago, plasmado en lienzo mil veces en estancias familiares y en jornadas inolvidables junto a compañeros de caballete como Alberto de la Torre Cavero.
En segundo término, destacan la historia y el paisanaje. Antonio ha abordado con maestría monumental el formato mural, regalándonos obras épicas como El Cerco de Zamora, en la Subdelegación del Gobierno, o el icónico mural de La Golondrina, ese retrato vivo de la tasca que regentaban sus padres frente a la iglesia de San Juan, que funciona como una impagable foto fija del alma popular de la época. Ya lo advertía el crítico José María Moreno Galván en 1975: "Pedrero es un retratista... no es retratista ocasional, sino testigo de un personaje único".
Esa capacidad para captar la esencia humana trasciende al lienzo gracias a un dominio incontestable del dibujo, al que él mismo define como "vehículo imprescindible de la expresión plástica". Ese rigor técnico alimenta tanto su pintura como su escultura, con un hito insustituible: la Semana Santa. Fue ahí, jugando de niño a pintar y modelar pasos, donde nació su vocación artística. Años después nos regalaría la célebre escultura del Merlú de la Cofradía de Jesús Nazareno, hoy símbolo indiscutible de nuestra identidad.
Como escribió su gran amigo, el poeta Jesús Hilario Tundidor, "Pedrero tiene la sabiduría de la sencillez, la omnipresencia de la facilidad". Antonio, ahora de feliz celebración, convirtió nuestra provincia en su refugio y en su obra maestra. Por eso hoy, al ver su genio reconocido en la capital en un viaje vital de ida y vuelta, nos rendimos ante el pincel que supo detener el tiempo a orillas del agua, sabedores de que, como bien profetizó Tundidor:
"Nadie podrá ya nunca retratar a Zamora desde el otro lado del Duero, que no nos lleve siempre a la memoria inmortalizada de quien así la pintó tantas y tantas veces distinta, veraz y única".
Gracias por regalarle la inmortalidad a nuestra tierra, maestro y amigo.
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