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Opinión | Al grano

Septiembre

Este mes es el más bonito del año, pero también el que destapa la tragedia que vive el ámbito rural

Un perro pasea por las calles de un pueblo vacío en Zamora. |

Un perro pasea por las calles de un pueblo vacío en Zamora. | / Archivo

Septiembre es el mes más bonito del año: sabe a ambrosía, la que revienta los higos y las uvas de moscatel; huele a rastrojo abierto a la luz e impregnado del olor penetrante del estramonio; suena al canto afilado y destemplado de estorninos y mirlos; respira el aire apagado del estío cuando la calorina empieza a darse cuenta de que todo el monte no es orégano y se enroca en pensamientos profundos, porque —y esta pregunta se la hace desde hace mucho— por qué se llama como se llama, o sea séptimo, y ocupa el noveno lugar de los meses del año.

Septiembre en Zamora es la vacación del verano, cuando el estío se toma unos días de descanso. Y aunque este año haya abierto el almanaque confuso y corrido, con ganas de dar guerra y avivar las brasas, no tardará en volver a su cauce, que ya aprietan con fuerza las noches y han dejado espalancada la puerta para que entre el relente, que llevaba empujando unos días.

Septiembre es el mes de los paseos, del amor, cuando los cuerpos se juntan sin que tengan, necesariamente, que acabar rebozados en sudor. Es el punto de partida de un nuevo año, que septiembre le ha quitado a diciembre el banderín de salida del almanaque, que es cuando los maestros desempolvan su afán docente y quienes trabajan en mil cosas inician la subida de una nueva cuesta que, otra vez, resultará interminable.

Pero que septiembre sea el mes más bonito del año no significa que no tenga un envés oscuro. Y ese se nota mucho en los pueblos que, según van pasando los días finales de verano, se vuelven a manchar de languidez y ausencias. Llegará en nada, porque ya se empieza a notar el retorno al tiempo de la nostalgia y el vacío, el momento de poner el cartel de "cerrado por falta de ilusión". Estamos a las puertas de la nada.

Cada año, cuando las uvas se ponen pintureras (cada vez más pronto, que se están haciendo muy presumidas) los pueblos abren sus puertas para que se marchen sus hijos y sus nietos postizos a vivir allá donde el humo no tiene tapadera. Ya no nos quedan lágrimas a quienes vivimos aquí, nos hemos acostumbrado a resistir vacíos de esperanza y solo nos queda un hilillo al que agarrarnos, el de la vuelta el próximo verano de quienes se acaban de marchar o lo harán en breve.

Agotados los pueblos por tanta actividad, por tanto colorín, por tanta comilona compartida, por tanta "juntada", solo queda ya esperar al próximo entierro para que los que no nos hemos ido todavía volvamos a reunirnos para despedir a un vecino que engordará la lista en la que acabaremos todos y que llegará un septiembre, no muy lejano, en el que estará en blanco porque ya no habrá nadie a quien enterrar. Será el momento de borrar septiembre del calendario.

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