Opinión
Toro recupera la memoria con sus gigantes
"No solamente cuentan la historia de quienes gobernaron Toro; cuentan también la historia de quienes hicieron y hacen Toro"

Presentación nuevos gigantes en Toro, Plaza Mayor 2026 / Rocío Gato / LZA
En mi última visita de verano me encontré con una novedad que me produjo una especial alegría: Toro vuelve a tener rejuvenecidos a sus gigantes y cabezudos.
Y digo vuelve porque no estamos ante una tradición completamente ajena a la ciudad. Los gigantes y cabezudos formaron parte en otros tiempos de las celebraciones toresanas y ahora regresan con una diferencia fundamental: los nuevos gigantes tienen nombre, rostro y, sobre todo, historia de Toro.
No son simplemente figuras para animar las fiestas. Son una manera de sacar la memoria a la calle, de convertir la historia en espectáculo y de conseguir que niños, jóvenes y mayores puedan encontrarse con personajes que forman parte del pasado de la ciudad.
La tradición de gigantes y cabezudos que hoy conocemos en muchas localidades españolas tiene una larga trayectoria. Sus antecedentes están relacionados con las celebraciones públicas y, de manera muy especial, con las procesiones del Corpus Christi, en las que se fueron incorporando figuras, personajes alegóricos, danzas, música y elementos teatrales. Con el paso del tiempo, muchas de aquellas manifestaciones terminaron incorporándose a fiestas patronales, ferias y celebraciones civiles.
De aquella tradición procede, en buena medida, esa imagen que hoy nos resulta tan familiar: enormes figuras que recorren las calles acompañadas por la charanga musical mientras los cabezudos ponen la nota de humor y provocan la inevitable carrera de los niños.
Y la música no es un mero acompañamiento. Marca el paso y convierte el desfile en una auténtica fiesta callejera y ayuda a convertirlo en algo vivo, no en una simple exposición de figuras. En Toro, el gran compositor toresano David Rivas creó expresamente en su presentación para esa imagen de los seis gigantes una suite musical, con piezas vinculadas a cada uno de los personajes de la nueva comparsa.
Y así se resalta lo verdaderamente interesante: Los gigantes no cuentan una historia cualquiera: cuentan la historia de Toro.
El primero es Fernando el Católico, una elección más que evidente, unido para siempre a la Batalla de Toro el 1 de marzo de 1476, que fue decisiva en la guerra de sucesión castellana y en la consolidación del poder de Isabel y Fernando. No llega a Toro como un personaje extraño: vuelve a caminar por un territorio donde su nombre quedó escrito en la historia.
La segunda figura es Doña Elvira, hija de Fernando I de León y señora de Toro. Su presencia nos recuerda que la historia medieval de la ciudad también estuvo protagonizada por mujeres con poder e influencia. También María de Molina, reina consorte de Castilla por su matrimonio con Sancho IV, fue una mujer de extraordinaria influencia política y mantuvo una estrecha relación con Toro. Esta historia pues , también puede contarse desde las mujeres que la protagonizaron.
El cuarto gigante es el Conde-Duque de Olivares, Gaspar de Guzmán, uno de los hombres más poderosos de la España de Felipe IV. Tras su caída política fue desterrado a Toro en 1643 y aquí murió en 1645, como uno de los grandes protagonistas de la España de los Austrias.
Los dos últimos personajes aportan otra dimensión.
El Tío Babú representa la memoria popular y la tradición oral. Su nombre quedó unido a una antigua tonada, «El Tío Babú», recogida en Toro y convertida en seña de identidad de la ciudad. La tradición lo presenta como un hombre del campo, sencillo y trabajador, conocedor de sus tierras y labores agrícolas.
Y la Labradora toresana representa el mundo rural, la mujer del campo, la tierra y, de manera inevitable, esa cultura del viñedo inseparable de la identidad de Toro. Podría complementarse algún día con una mujer vestida con el traje de la Viuda Rica de Toro, dando aún más contenido a la dimensión etnográfica de los gigantes.
Son dos elecciones especialmente acertadas porque recuerdan que una ciudad no se construye únicamente con reyes, batallas y grandes políticos. También se construye con la gente corriente, con sus oficios, sus costumbres, sus fiestas y sus formas de vida.
Y aquí aparece un campo extraordinario para el futuro de la comparsa.
¿Por qué no pensar algún día en nuevos gigantes que representen a otros personajes estrechamente ligados a Toro?
Uno de ellos podría ser Juan II de Castilla, y en este caso la vinculación es especialmente fuerte: nació en Toro en 1405. Un rey que tuvo la ciudad como lugar de nacimiento.
Otro candidato que me parece especialmente sugerente es Fernando III el Santo. Según una tradición profundamente arraigada, el futuro rey de Castilla y León nació en Valparaíso, en las proximidades de Peleas de Arriba, cuando su madre, Berenguela de Castilla, se dirigía hacia Toro. Un vínculo histórico y territorial de enorme interés.
Y junto a ellos, naturalmente, Isabel la Católica, por su relación con Fernando, con la guerra de sucesión y con la trascendental historia de Toro de finales del siglo XV inseparable de aquel episodio y de las Cortes de Toro de 1505 Y podría abrirse la puerta a nuevas figuras femeninas, como la toresana Magdalena de Ulloa, educadora de D. Juan de Austria ( Jeromín) de quien recientemente se ha celebrado el Vº Centenario de su nacimiento
Incluso podría pensarse en otros personajes vinculados al mundo del vino, a los antiguos oficios, a la cultura popular o a la propia arquitectura y patrimonio de la ciudad. Porque Toro tiene algo que no todas las ciudades pueden decir: le sobran historias para seguir llenando una comparsa.
Y ahí está, precisamente, la grandeza de estos nuevos gigantes. No solamente cuentan la historia de quienes gobernaron Toro; cuentan también la historia de quienes hicieron y hacen Toro.
Verlos desfilar tiene algo de mágico. Son enormes, pero consiguen que la historia se vuelva cercana. Un niño puede mirar a Fernando el Católico y preguntarse quién fue y el porqué de su apodo . Puede descubrir después a María de Molina, reina consorte de Castilla entre los años 1284 y 1295 y la atrayente vida palaciega de entonces O puede conocer la historia del Conde-Duque de Olivares (imaginándoselo por ejemplo con un teléfono móvil en la mano). Incluso comprender por qué si Zamora tiene en Doña Urraca a su gran dama medieval, Toro puede presumir de tener en Doña Elvira a una mujer igualmente ligada a la grandeza de su historia. Eso es cultura.
Y quizá por eso me produjo tanta alegría encontrar esta novedad durante mi visita. Porque los gigantes y cabezudos no son simples figuras decorativas para acompañar una fiesta. Son memoria que se mueve, historia que sale a la calle y patrimonio que se comparte.
Además, su recuperación permite mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Hacia atrás, porque Toro mejora una tradición festiva. Y hacia adelante, porque esta nueva comparsa puede convertirse en un proyecto vivo, capaz de crecer y de incorporar nuevos personajes. Felicito a los iniciadores de esta renovación
Me gusta pensar que estos seis gigantes son solamente el principio. Porque la historia de Toro no está terminada.
Ahora tiene seis gigantes para contarla y ojalá los veamos caminar durante muchos años, acompañados por la música, perseguidos por los niños y queridos por los toresanos.
Porque cuando una ciudad consigue que su historia salga a pasear, la historia deja de estar encerrada en los libros y vuelve a pertenecer a todos.
Y en Toro, una ciudad que tiene tanta historia que contar, verla caminar por sus calles es, sencillamente, una magnífica noticia.
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