Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Desde los Tres Árboles

Frente a los tapices de la Catedral (IV)

"En el segundo tapiz Aquiles, el de los pies ligeros, ha rechazado la propuesta de Héctor. Sólo quedaba combatir."

Artículo de opinión.

Artículo de opinión.

En el segundo tapiz Aquiles, el de los pies ligeros, ha rechazado la propuesta de Héctor. De haberla aceptado, la guerra habría acabado y se hubiera evitado, así, que muchos héroes valerosos acabaran tirados en los campos para pasto de aves, pero el atrida Agamenón y el rubio Menelao, famoso por su destreza con la lanza, se opusieron. Sólo quedaba combatir.

Observad cómo, en la parte derecha, el príncipe troyano es armado para el inminente combate. El tiempo apremia, no hay lugar para ceremoniales. Un escudero le coloca la armadura y le ajusta el casco coronado por un penacho de crin de caballo bordado con seda y lana. Le sujeta en el antebrazo el escudo de madera, cubierto con varias capas de piel de toro para hacerlo impenetrable, y le ciñe al muslo la espada.

El rostro de Héctor, matador de hombres, es terrible dentro del tremolante casco. ¡Tan fiero era que su propio hijo se asusta y el pequeño rompe a llorar en el regazo de la madre! El guerrero, enternecido, lo coge en brazos mientras su esposa, Andrómaca, le implora que no salga al combate. ¡Hasta la misma Helena, esa cuyo rostro se parece al de los dioses inmortales, suplica encarecidamente, pero de nada valen ruegos! Sabedor que nadie podrá abatirlo en tanto no llegue su hora, Héctor se despide del anciano padre y sale al campo confiado. Va armado de pies a cabeza y no tiene nada que temer, sin embargo, hace mal en confiarse porque Atenea, la diosa con ojos de lechuza hija de Zeus, está acechando.

Mientras, en el otro extremo del campo Aquiles llora ruidosamente sobre el cadáver de su amigo Patroclo.

Así, sollozando, cuentan que lo encontró su madre, la diosa Tetis, al entregarle las armas que el mismo Vulcano fabricó para el hijo querido; en su propia fragua las había forjado con bronce y estaño y eran las más bellas y seguras que jamás hombre alguno hubiera llevado. Al verlas, los feroces mirmidones quedan sobrecogidos. Aquiles, por su parte, agradeció el presente que el divino cojo le dejaba y lo cogió con determinación.

Estaba enfurecido. Ató en torno al pecho la coraza reluciente, ajustó el casco, sujetó con broches las grebas que el patizambo herrero forjara con dúctil estaño y cogiendo el enorme escudo por la abrazadera de plata se encaminó hacia las alígeras naves...

Bajaba raudo, sombrío como la noche, y los ojos le centelleaban como si despidiesen llamas cuando ya en la playa el hijo de Peleo convocó a los héroes aqueos con tremendas voces.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents