Opinión | Zamoreando
En defensa del rey
"El insulto al rey es, en realidad, un ataque directo a la Constitución que él defiende y representa"

El rey Felipe VI. / CASA DE S.M. EL REY - Archivo
A diferencia de los miembros del Gobierno, cuyos prestigio y credibilidad se han visto erosionados por sus actos, su vocabulario y sus estridencias, en el exterior, el rey proyecta una imagen de estabilidad, seriedad y permanencia que ningún gobierno efímero puede emular. Pese a quien pese, don Felipe es la representación de un Estado sólido, predecible y respetable.
En los últimos años, España ha asistido a un goteo constante de ataques dirigidos a debilitar los contrapesos democráticos: la colonización de la justicia, el señalamiento a los medios de comunicación y el desprecio a los procedimientos parlamentarios. En este escenario de desmantelamiento institucional, la Jefatura del Estado permanece inalterable, como un pilar que no se deja arrastrar por las corrientes del populismo. Los ataques furibundos e indisimulados que el rey recibe de determinados sectores del arco político no son casuales. Provienen precisamente de quienes entienden que, para subvertir el orden constitucional y el régimen de libertades del 78, primero necesitan derribar la pieza que cohesiona todo el sistema.
El insulto al rey es, en realidad, un ataque directo a la Constitución que él defiende y representa. Felipe VI ha demostrado una escrupulosa fidelidad a su juramento constitucional, ejerciendo su labor con una sobriedad ejemplar. Frente a la provocación, el monarca responde con el silencio institucional; frente a la soberbia del poder político, ofrece la humildad del servicio público; y frente al intento de fracturar la sociedad, reafirma los valores de la Transición: la concordia, el perdón y el respeto mutuo.
En un ecosistema político dominado por el insulto, la figura de Felipe VI se ha convertido en el último reducto de la alta política: aquella que no busca el aplauso fácil en las redes sociales, sino la supervivencia del Estado de derecho a largo plazo. Defender al monarca hoy es, en esencia, defender el marco de convivencia que nos ha dado los mayores años de prosperidad de nuestra historia.
La Corona no es una institución del pasado; es la herramienta más eficaz y moderna que tiene España para evitar la deriva autoritaria y la fragmentación civil. Defender al rey en estos tiempos de zozobra no es una postura meramente nostálgica o estética, sino un acto de estricta legítima defensa democrática. Mientras el dique constitucional de la Monarquía siga en pie, la España de ciudadanos libres e iguales en derechos seguirá teniendo garantizado su futuro.
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