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Opinión

Toño García

Toño García

Gestor de activos y divulgador financiero

El abandono rural: cuando la crítica sustituye al compromiso

"Zamora no pierde población únicamente porque los jóvenes se marchen, también la pierde cuando quienes todavía conservan un vínculo con ella renuncian a ejercer cualquier responsabilidad. Se heredan viviendas con facilidad. Lo difícil es heredar el compromiso de cuidar aquello que las rodea"

Vivienda rural abandonada.

Vivienda rural abandonada. / ChatGPT

Todo el mundo conoce los problemas del medio rural. Se habla de ellos con frecuencia, se denuncian en tertulias, se comentan en redes sociales y aparecen una y otra vez en los periódicos. Sin embargo, cuando llega el momento de implicarse, el entusiasmo suele desvanecerse. Los pueblos no van a recuperarse desde un despacho en una gran ciudad ni gracias a quienes aparecen un fin de semana al año y ni siquiera dedican unos minutos a limpiar la acera que hay delante de la vivienda que heredaron de sus padres o de sus abuelos.

Pocas imágenes reflejan mejor la realidad que vive Zamora. Una provincia salpicada de pueblos cada vez más vacíos, con calles silenciosas y viviendas cerradas durante meses. Sobran análisis sobre la despoblación, la falta de servicios o el abandono institucional. Lo que escasea es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más valioso: personas dispuestas a colaborar.

Nadie discute que el mundo rural atraviesa una situación delicada. Los datos son conocidos. La población envejece, los jóvenes se marchan, desaparecen escuelas, consultorios y pequeños comercios. Cada año hay menos habitantes y, con ellos, disminuye también la capacidad de influencia de muchos municipios. Todo eso es cierto, lo que ya no resulta tan evidente es cuántos están realmente dispuestos a formar parte de la solución.

La diferencia suele apreciarse en detalles aparentemente insignificantes. Esa casa familiar que permanece cerrada desde hace años continúa siendo motivo de orgullo y de recuerdos. Pero la maleza invade la acera, los canalones llevan tiempo deteriorados y la verja acumula óxido. Sus propietarios viven lejos. Regresan en vacaciones, lamentan que ya no exista el bar, protestan porque falta un médico o porque la tienda cerró hace tiempo y, después de unos días, vuelven a marcharse dejando exactamente el mismo panorama que encontraron. Siempre parece que la responsabilidad corresponde a otros.

No es una situación aislada. En buena parte de la provincia abundan más las viviendas heredadas que los proyectos de vida. El vínculo sentimental permanece, pero rara vez se convierte en compromiso. Se conserva la memoria, aunque no siempre se acepta la responsabilidad que también acompaña a esa herencia.

Resulta llamativo escuchar continuamente que hay que salvar los pueblos mientras tan pocos están dispuestos a implicarse de verdad. Es más sencillo reclamar mejor cobertura telefónica que involucrarse. Mucho más cómodo publicar una fotografía antigua en las redes sociales que dedicar una mañana a limpiar una fuente o colaborar en una actividad vecinal. Criticar siempre exige menos esfuerzo que actuar. El problema es que un pueblo no se mantiene con nostalgia ni con buenos deseos. Se mantiene gracias a quienes están presentes y participan, aunque sea con gestos modestos.

El abandono rural tiene una evidente dimensión política. Negarlo sería absurdo. Durante décadas han faltado inversiones, infraestructuras y servicios públicos. Zamora conoce demasiado bien las consecuencias de decisiones centralistas, de conexiones ferroviarias insuficientes y de recursos que desaparecen sin apenas explicación. Pero reducir el problema únicamente a las administraciones sería quedarse a medio camino. También existe una responsabilidad ciudadana que conviene reconocer.

Hay demasiados lugares donde quienes poseen una vivienda apenas mantienen contacto con la vida del municipio. Poco a poco se ha ido perdiendo esa idea de que existen espacios y responsabilidades compartidas. Lo que queda fuera de la puerta de casa parece haber dejado de pertenecer a todos.

Quizá convenga hacerse una pregunta sencilla. ¿Qué sentido tiene conservar una vivienda durante años si nunca se cuida, nunca se utiliza y tampoco aporta nada al pueblo que la rodea? Heredar una casa no implica únicamente recibir un inmueble. También significa conservar un vínculo con una comunidad. Mantener limpia la acera, alquilar la vivienda cuando sea posible, participar en una junta vecinal, colaborar en alguna actividad o incluso empadronarse son acciones pequeñas, sí, pero transmiten un mensaje muy claro. Demuestran que ese pueblo sigue formando parte de la vida de quien regresa.

No se trata de señalar a quienes tuvieron que marcharse para encontrar trabajo. Esa realidad forma parte de la historia de miles de familias zamoranas. La distancia, además, no impide colaborar. Siempre hay formas de hacerlo. Apoyar asociaciones, contribuir a recuperar patrimonio, respaldar proyectos locales o ayudar a quienes permanecen allí son maneras de seguir vinculados al lugar del que uno procede. Pasar unos días de vacaciones en el pueblo también puede convertirse en una oportunidad para aportar algo más que consumo estacional. Basta con preguntar qué hace falta y ofrecer ayuda.

Existe una nostalgia que reconforta y otra que termina siendo un refugio demasiado cómodo. Se recuerda la infancia, las fiestas, la plaza o las conversaciones con los abuelos, pero esos recuerdos, por sí solos, no mantienen vivo un pueblo. En ocasiones sucede justo lo contrario. Mientras idealizamos el pasado, el presente continúa deteriorándose.

Los pueblos no necesitan convertirse en postales, necesitan vecinos comprometidos. Cuidarlos no consiste únicamente en acudir durante las fiestas patronales, fotografiar la iglesia o disfrutar de unos días de descanso. Supone entender que la vida rural requiere participación, continuidad y trabajo compartido. Las escuelas no desaparecen solo porque existan malas políticas, también cierran porque faltan niños, y esos niños difícilmente llegarán si nadie apuesta por quedarse.

Afortunadamente, todavía hay razones para el optimismo. En muchas comarcas zamoranas aparecen iniciativas que demuestran que otro camino es posible. Jóvenes que emprenden, cooperativas que apuestan por el producto local, personas que impulsan redes de apoyo o pequeños ayuntamientos que luchan por mantener abiertos servicios básicos. Ese esfuerzo merece bastante más que un aplauso ocasional. Necesita respaldo constante.

Quizá haya llegado el momento de dejar de mirar el medio rural como una reliquia condenada a desaparecer y empezar a verlo como una oportunidad. Esa reflexión también interpela a quienes viven lejos, pero mantienen sus raíces en estos pueblos. No resulta coherente lamentar su deterioro mientras se permanece completamente al margen de lo que ocurre en ellos. El afecto se demuestra con hechos mucho antes que con palabras.

Zamora no pierde población únicamente porque los jóvenes se marchen, también la pierde cuando quienes todavía conservan un vínculo con ella renuncian a ejercer cualquier responsabilidad. Se heredan viviendas con facilidad. Lo difícil es heredar el compromiso de cuidar aquello que las rodea.

Puede parecer poca cosa barrer la calle delante de una casa heredada. En realidad, representa mucho más de lo que parece. Es una forma de decir que allí todavía hay alguien pendiente, que ese lugar sigue importando y que el pueblo no ha quedado completamente olvidado.

No hacen falta héroes para mantener vivo el mundo rural, hacen falta vecinos. Personas que colaboren cuando puedan, aunque sea con acciones sencillas. Porque los diagnósticos llevan años escritos. Lo que marcará la diferencia serán los pequeños gestos que cada uno esté dispuesto a asumir.

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