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Opinión | La palabra

Dejar de pensar como los hombres para comenzar a pensar como Dios

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. (Mt 16, 24)

Dejar de pensar como los hombres para empezar a pensar como Dios

Dejar de pensar como los hombres para empezar a pensar como Dios

Desde las aplicaciones móviles de reparto a domicilio hasta la automatización del entorno personal, el diseño del mundo moderno persigue dos objetivos: Vivir en la era de la arquitectura del menor esfuerzo, y erradicar cualquier atisbo de incomodidad de nuestras vidas. Construyendo una fortaleza de bienestar material que nos hace más vulnerables ante los imprevistos existenciales.

El Papa Benedicto XVI expresaba con lucidez una verdad incómoda para la sociedad actual: "El mundo os promete comodidad, pero no habéis sido creados para la comodidad, sino para la grandeza, para el bien".

La cultura contemporánea idolatra el confort y el bienestar material. Sin embargo, el alma humana permanece insatisfecha en la pura comodidad. Cristo no ofrece una vida fácil, pero ofrece la plenitud. La verdadera grandeza nace cuando nos damos a los demás.

El texto del Evangelio de este domingo (Mateo 16, 21-27), es un pilar fundamental para comprender la lógica del reino de Dios. En este pasaje, Jesús anuncia por primera vez su pasión, muerte y resurrección, desencadenando una reacción de rechazo en Pedro y una posterior catequesis del Maestro sobre el verdadero sentido del discipulado: el camino de la cruz.

La reacción de Pedro es profundamente humana pero errónea, al intentar apartar a Jesús de ese destino. Jesús lo reprende con dureza diciendo: "¡Ponte detrás de mí, Satanás!". Esta frase no es solo un castigo, sino una corrección de posición.

Esta escena muestra el choque entre dos mentalidades: la lógica humana, en la búsqueda del éxito rápido y huida del dolor; y la lógica de Dios, que pasa por la entrega, y el amor hasta el extremo.

Jesús establece las condiciones para ser su discípulo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga".

Siguiendo la doctrina social de la Iglesia, el camino de la cruz que vertebra la vida cristiana no suele traducirse en heroísmos espectaculares o acciones deslumbrantes que busquen el aplauso público, sino que se manifiesta en los pequeños gestos cotidianos: La honestidad impecable en el trabajo, la escucha atenta al que sufre, la constancia en la oración silenciosa, el servicio sin pretensiones…

La cruz no es un adorno ni un sufrimiento estéril; es el eje vertebrador de la vida del cristiano. No caminamos hacia la destrucción, sino hacia la salvación y la resurrección a través del único sendero que Jesús ya pisó primero.

San Juan Pablo II recordaba con fuerza el camino para la autorrealización: "Escuchad a Cristo, confiad en él... este es el único programa de vida".

Escuchar y confiar son las claves para dar un sentido profundo a la existencia. Preocuparse en exceso es, en el fondo, pensar que Dios se puede equivocar y olvidar la providencia divina. La fe nos sostiene en la certeza de que Dios ya está en el mañana que tanto nos inquieta, guiando nuestros pasos con amor de Padre.

Al abrazar la cruz de cada día en lo cotidiano, dejamos de pensar como los hombres para comenzar a pensar como Dios.

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