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Opinión

Sobre Dios (y 3)

"La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos al ver el sufrimiento del otro"

Sobre Dios (II)

Sobre Dios (II)

Ese es el título de la última joya que nos ha regalado el coreano Byung-Chul Han con una serie de propuestas para vivir la vida con sentido. Lo hace dialécticamente con la francesa Simone Wiel. Él, teólogo excepcional y crítico de nuestros días, y ella, filósofa y mística del siglo pasado, constituyen las dos caras inseparables de una moneda de gran valor.

Las viejas teodiceas no solo se han quedado obsoletas, sino que no lograron realmente percibir la verdadera revelación divina. Ahora bien, de poco sirve quedarse en la afirmación de que algo no vale si no se proponen alternativas que funcionen. Eso es lo que ambos han conseguido y que aquí, de forma telegráfica, hemos resaltado en entregas pasadas: la atención, la descreación, el vacío, el silencio y la belleza. Hoy nos proponemos concluir este "septenario" con las dos que restan: el dolor y la inactividad.

El dolor es la llave que nos abre a la realidad del mundo y de lo más íntimo. Si no experimentásemos negatividades o amarguras no podríamos percibir la realidad de la belleza ni del amor penetrando en nuestro ser. De hecho, en el descenso del sufrimiento supremo de la cruz personal surge el sentimiento de perpetuidad y se nos manifiesta una realidad superior: ascendemos hacia Dios. Pero no solo lo bello accede al alma a través del dolor: también lo hace bueno.

La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos al ver el sufrimiento del otro. El dolor ancla el bien en el cuerpo; encarna la ética del otro. La compasión penetra en el alma. Si no sintiéramos dolor seríamos indiferentes hacia los demás. Tampoco llegaríamos a experimentar a Dios si solo sintiéramos alegría o solo tuviéramos experiencias placenteras. La actual cultura paliativa o de la satisfacción inmediata es enemiga del dolor iluminador. Ese dolor, como matrona poderosa y vivificante, nos alcanza la felicidad profunda.

Por último, se nos invita a detenernos hasta que la cabeza, el corazón y los miembros sean puro silencio. Nos estamos degradando hasta convertirnos en "paquetes de datos". Parecemos "ganado" que se deja vigilar y dirigir de forma adictiva: algoritmos, redes sociales, los "me gusta" y "los seguidores" matan nuestra atención, pensamiento y libertad. Nos condenamos al "infierno de lo idéntico".

El "cercado de lo digital" nos hace creer que ahí tenemos el alimento necesario y nos va alejando de toda trascendencia. La IA solo cuenta y calcula aceleradamente. Pero el espíritu humano vacila y espera, retrocede por pudor o se impulsa por el deseo. Tiene sentidos, capta lo bello y espiritualiza contemplativamente el trabajo hasta hacerlo "inactivo", alejado de la autoexplotación del rendimiento y la producción.

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