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Opinión | Cuzeando en la Ciencia

¿Y si nadie está al mando?

Hay una idea fundamental en la ciencia de los sistemas que puede ayudarnos a entender lo que está ocurriendo en Ceuta. Un sistema no necesita ser perfecto para funcionar. Puede sufrir perturbaciones, errores e incluso situaciones completamente inesperadas. Lo importante es que sea capaz de detectarlas y reaccionar.

Dos migrantes, en la playa de El Trampolín de Ceuta.

Dos migrantes, en la playa de El Trampolín de Ceuta. / Marcos Moreno - Europa Press

Hay una idea fundamental en la ciencia de los sistemas que puede ayudarnos a entender lo que está ocurriendo en Ceuta. Un sistema no necesita ser perfecto para funcionar. Puede sufrir perturbaciones, errores e incluso situaciones completamente inesperadas. Lo importante es que sea capaz de detectarlas y reaccionar.

Eso es, en esencia, un sistema de control. Un termostato detecta que la temperatura se aleja del valor deseado y activa un mecanismo para corregirla. Nuestro cuerpo hace algo parecido continuamente. Si la temperatura aumenta demasiado, sudamos. Si disminuye, temblamos. Nuestro organismo recibe información y responde.

A ese proceso se le llama retroalimentación. Sin ella, un sistema pierde la capacidad de corregirse. Y quizá esa sea una de las mejores formas de describir lo que ha ocurrido en Ceuta durante las últimas semanas.

La entrada masiva de decenas de miles de personas supuso una perturbación de una magnitud extraordinaria para una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes. Semanas después, la presión sobre los servicios públicos, los espacios disponibles y la convivencia continuaba siendo enorme. Pero lo más preocupante de un sistema no es que sufra una perturbación. Es que no sea capaz de responder correctamente a ella.

Durante este tiempo, la sensación transmitida desde Ceuta ha sido precisamente esa. La de una crisis que no terminaba de resolverse mientras el malestar de los ciudadanos iba creciendo. Lo que comenzó como una situación de preocupación y desconcierto ha terminado derivando en protestas, bloqueos y episodios de tensión.

Y conviene decirlo claramente. Nada justifica la violencia. Pero precisamente por eso resulta tan irresponsable permitir que una situación excepcional se prolongue hasta que una parte de la población empieza a sentir que el Estado ha dejado de ejercer su función más elemental, que es mantener el orden. Cuando las instituciones no corrigen un problema, alguien acaba intentando corregirlo por su cuenta. Y eso nunca termina bien.

En cualquier sistema de control hay otra condición imprescindible: la información debe ser coherente. No sirve de nada tener varios sensores si cada uno ofrece una versión diferente de lo que está ocurriendo. Y aquí aparece uno de los aspectos más sorprendentes de esta crisis.

Margarita Robles afirmó que el CNI había transmitido información previa sobre la posibilidad de una entrada masiva. Fernando Grande-Marlaska lo negó posteriormente y sostuvo que ni el CNI ni otros servicios de inteligencia habían detectado una alerta de esas características. No estamos hablando de una discrepancia menor. Estamos hablando de saber si el Estado conocía o no la posibilidad de que decenas de miles de personas cruzaran una frontera española.

En ciencia, cuando dos instrumentos ofrecen resultados incompatibles, lo primero que se hace es revisar el sistema. En política española parece que basta con que cada ministro mantenga su versión.

Mientras tanto, los propios representantes de las fuerzas de seguridad han denunciado falta de efectivos, medios y seguridad jurídica. Sindicatos policiales han advertido de una situación de tensión y han reclamado refuerzos y recursos extraordinarios para afrontar una crisis que, evidentemente, supera la actividad ordinaria de una ciudad como Ceuta.

Aquí conviene detenerse. Porque un Estado no demuestra humanidad dejando desprotegidos a sus ciudadanos ni a quienes tienen la responsabilidad de protegerlos. La humanidad y la autoridad no son conceptos incompatibles. Una cosa es garantizar la atención que corresponde a cualquier ser humano y otra muy distinta aceptar que las fuerzas encargadas de mantener el orden carezcan de los medios, efectivos o respaldo necesario para hacerlo. Un sistema no recupera su estabilidad simplemente pidiendo calma. Necesita actuar.

Y quizá lo más llamativo de todo haya sido el tiempo. Después de semanas de tensión, el Gobierno terminó modificando su estrategia y estableciendo un mando único para afrontar la situación. En física, cuanto más tiempo se tarda en corregir una desviación, mayor puede ser el esfuerzo necesario para recuperar el equilibrio.

En política ocurre algo parecido. Un problema pequeño puede solucionarse con una respuesta rápida. Uno grande exige más recursos. Pero si dejamos que el problema crezca mientras se discute quién recibió un informe, quién no lo recibió o quién es responsable de lo ocurrido, la corrección termina siendo mucho más difícil.

Y en medio de todo esto queda inevitablemente una pregunta sobre el liderazgo. Pedro Sánchez pasó parte de aquellos días de vacaciones en La Mareta y, en plena crisis, publicó en redes sociales una selección de canciones para el verano. Es posible que un presidente tenga derecho a descansar. Nadie discute eso. Pero también es inevitable que la imagen resulte difícil de comprender para quienes observaban cómo una ciudad española atravesaba una crisis sin precedentes y esperaba una explicación clara de su presidente.

El problema no es una playlist. El problema es lo que simboliza. En una crisis, el liderazgo consiste también en transmitir la sensación de que alguien está al mando. No se trata de estar permanentemente delante de una cámara. Se trata de explicar, coordinar, decidir y asumir responsabilidades. Porque cuando el máximo responsable desaparece del relato durante semanas, los vacíos siempre terminan llenándose. Con frustración. Con miedo. Y, en el peor de los casos, con violencia.

La ciencia nos enseña que los sistemas complejos pueden soportar grandes perturbaciones. Pero también nos enseña que necesitan mecanismos de corrección rápidos, información coherente y una autoridad capaz de intervenir cuando las circunstancias lo exigen.

Ceuta no necesitaba que nadie descubriera una solución mágica. Necesitaba algo bastante más básico. Un Gobierno capaz de reconocer la magnitud del problema desde el principio, proteger sus fronteras, dotar de medios suficientes a quienes deben garantizar el orden y explicar con claridad a los ciudadanos qué estaba ocurriendo y qué pensaba hacer para solucionarlo.

Porque un sistema puede soportar una perturbación. Lo que difícilmente puede soportar durante mucho tiempo es la sensación de que nadie intenta corregirla.

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