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Opinión | Zamoreando

La mano del hombre

El ser humano pone la cerilla; el cambio climático, la pólvora.

Daños provocados por el incendio de Fermoselle

Daños provocados por el incendio de Fermoselle / José Luis Fernández

El ser humano pone la cerilla; el cambio climático, la pólvora. Aunque la narrativa global suele culpar de inmediato al calentamiento global de los incendios forestales que devoran nuestros paisajes, las estadísticas oficiales revelan una realidad mucho más incómoda: el verdadero motor de las llamas es la mano del hombre. Le doy la razón a tantos alcaldes afectados como lo han visto claro y al propio delegado territorial de la Junta de Castilla y León, Fernando Prada, que tampoco lo dudaba cuando se declaró el incendio en La Tejera.

El clima no tiene la capacidad de generar fuego por sí solo, pero sí de convertir un error o un delito en una catástrofe incontrolable. El factor humano es siempre la chispa detrás de la estadística. Conviene saber que alrededor del 95% de los incendios forestales son causados de forma directa o indirecta por el ser humano. Son fuegos intencionados que nada tienen que ver con el cambio climático.

Más de la mitad de los siniestros se provocan de manera deliberada, respondiendo a vandalismo, intereses económicos o conflictos de uso del suelo. Las colillas mal apagadas, las colisiones de maquinaria agrícola y las quemas de rastrojos representan más de un tercio de los casos. Luego está el llamado mito natural que es el de menor incidencia. Los rayos y las causas puramente ambientales apenas representan un 5% del total, desmontando la idea de que el monte se quema solo.

El aumento global de las temperaturas y las sequías prolongadas deshidratan las plantas, transformándolas en yesca que arde con demasiada facilidad. Por otro lado, el abandono del campo es otro de los grandes detonantes. El éxodo rural ha dejado los bosques sin limpiar, acumulando toneladas de biomasa seca que actúan como autopistas para el fuego. Estamos pasando un verano abrasador en el que los incendios han cobrado todo el protagonismo. Las condiciones actuales crean incendios llamados de sexta generación, tan rápidos y violentos que modifican la meteorología local, haciendo inútiles los esfuerzos tradicionales de extinción.

Cuando el monte se quema, ya no se quema "algo suyo": se quema lo nuestro. El mito de los incendios climáticos camufla una verdad incómoda: somos los humanos quienes encendemos la mecha de un paisaje que hemos dejado morir por abandono.

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