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Opinión | Escalera hacia el cielo

Y Dios se enajenó

Este 2026 quedará para la posteridad como el año en que nos dimos cuenta de que no sólo el postulante a Papa, a novio de Angelina Jolie y puede que hasta a candidato para dar las campanadas de este año en RTVE, Óscar Puente, tiene una buena pedrá dada. Sino que incluso hasta Dios mismo lleva la suya.

Casto López Cañibano

Casto López Cañibano / LOZ

Este 2026 no va a pasar a la historia por ser el año del eclipse. Ni el de la segunda estrella sobre el escudo o la invasión morisca. Este 2026 tampoco será recordado por ser el año en que el pueblo de Prado procesionó a su santa patrona sin motivo alguno, por ejemplo, rogarle que acabe con la plaga de conejos que devasta el término; salvo el de entretener a los veraneantes. A quienes, si no se les diera circo, el pan lo trae a diario el panadero de Villalpando; no asomarían por el pueblín ni aunque les pagaran.

Este 2026 quedará para la posteridad como el año en que nos dimos cuenta de que no sólo el postulante a Papa, a novio de Angelina Jolie y puede que hasta a candidato para dar las campanadas de este año en RTVE, Óscar Puente, tiene una buena pedrá dada. Sino que incluso hasta Dios mismo lleva la suya.

Porque sólo así se explica que nos haya hecho la tremenda putada de tener que despedir antes de tiempo a Casto López Cañibano, veterinario forjado en la Universidad de León, antiguo jefe de Sección de Ayudas Ganaderas desde donde pasaría a jefe del Servicio Territorial de Medio Ambiente de la Junta en Zamora y de ahí a jefe en el Servicio Territorial de Sanidad de la Junta en Zamora, cargo que seguía desempeñando hasta el día en que Dios se enajenó.

Junto al de orgulloso pradeño, un pradeño de pro. Cada vez que se encontraba con el hombre que amaba los árboles, le preguntaba si sabía quién era. A lo que el hombre que amaba los árboles le contestaba siempre igual: sí, el veterinario de Arcillo. Y es que hasta allí nos recomendó ir para comprarle a un vecino que se jubilaba el rebaño de ovejas. Y Casto se apresuraba a corregirle: no, el veterinario de Prado.

Todos nos tenemos que ir de este valle de lágrimas, pero a su debido tiempo. Y no era llegada la hora de Casto. No ahora que era un abuelo requetefeliz. No ahora que estaba en esa edad de empezar a pensar en disfrutar de la vida, de lo conseguido después de arduo esfuerzo.

He rezado a todos mis santitos y vírgenes para que nos lo dejaran un poco más, y nada. Allá arriba el jefe de jefes ha perdido la chaveta dejando que se vaya antes de la cuenta el insigne profesional, la celebridad nacida en Prado que más ha hecho por el pueblo y sus vecinos. Sólo necesitábamos preguntar por él, y cuando te pedían que te identificaras, bastaba con responder dígale que soy de Prado, para que te recibiera. Siempre dispuesto a echar una mano.

Siempre atento a cualquier noticia que le llegara de Prado. Por eso Prado es reconocido por ser el pueblo de Casto. No por sus alcaldes, pelotaris o empecinados emprendedores. Tampoco por los pradeños por el mundo o por escritorzuelos aporrea teclas.

No necesitaba una consejería ni un ministerio para trabajar por la gente, por los animales, por la ganadería. Él solito representaba la labor activa y pragmática por el reto demográfico real. Sabía que el mundo rural no puede vivir de espaldas, ajeno a la ley, pero comprendía que un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es… Un pueblo es la excepción, cuando la ciudad marca la norma.

En los pueblos rige un tiempo diferente. Los pueblos tienen sus maneras y sus porqués. Y la ley no puede ser igual para todos. Por eso en el pueblo los perros andan sueltos, salvo en verano. Porque durante el resto del año no quedan paisanos a los que ladrar.

Con Covid o sin fiebre Q, con tuberculosis o sin gripe aviar, en el pueblo es un sinsentido la mascarilla. Porque no hay nadie a quien contagiar, nadie por quien ser contagiado. Y no va a haberlo. Por muchas casas rurales que se inauguren, por mucho circo que se monte para los de fuera, la vida en la España abandonada tiene sus días contados.

Y este 2026 que aún no ha acabado, año maldito en que Prado ha perdido ya demasiados vecinos, es fiel reflejo del negro futuro que nos aguarda. Más ahora, que sabemos que Dios anda por ahí medio enajenao o enajenao del todo y con una buena pedrá encima.

Hasta siempre, Casto. Echaré en falta tus comentarios sobre esta Escalera hacia el Cielo con la alegría de saber que tú te has ganado la tuya.

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