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Opinión

Iñaki Gómez

Iñaki Gómez

Portavoz adjunto del Grupo Socialista en las Cortes de Castilla y León

La piel del Museo

"Estamos levantando, posiblemente, la obra más esperada por Zamora en décadas. No estamos construyendo un edificio cualquiera. Estamos construyendo la casa de una de las cosas que mejor explican quiénes somos"

Recreación de la fachada inicialmente prevista para el Museo

Recreación de la fachada inicialmente prevista para el Museo / Cedida

Hay obras que se miden en metros cuadrados, en certificaciones, en presupuestos o en plazos. Y hay otras que, además, se miden por lo que significan para una ciudad. El nuevo Museo de Semana Santa pertenece, sin duda, a las segundas.

Por eso quiero empezar por algo que me parece de justicia: agradecer el compromiso de las instituciones que están haciendo posible su construcción. A la Junta de Castilla y León, a la Diputación Provincial y al Ayuntamiento de Zamora. Las tres administraciones han comprometido importantes recursos públicos para sacar adelante una infraestructura que Zamora llevaba demasiado tiempo esperando.

Y la necesitamos cuanto antes.

La necesita nuestra Semana Santa, que merece desde hace años un espacio adecuado para conservar, mostrar y explicar un patrimonio excepcional. La necesita la Junta Pro Semana Santa. La necesitan las cofradías. Y, sobre todo, la necesita Zamora.

Precisamente porque todos queremos el Museo y porque queremos verlo abierto cuanto antes, tenemos que ser capaces de hablar de él con naturalidad.

En los últimos días ha surgido un debate sobre las fachadas. La propuesta arquitectónica que ganó el concurso promovido por la Junta Pro Semana Santa y que conocimos públicamente en 2020 mostraba unas fachadas de piedra regular, con una imagen cercana a la sillería. Los posteriores proyectos de ejecución incorporaron, sin embargo, una solución mediante mampostería.

Preguntar por las razones de ese cambio no significa cuestionar el Museo. Mucho menos poner obstáculos a su construcción. Significa pedir transparencia y certidumbre a quien ejerce como promotor de las obras, la Junta de Castilla y León. Queremos conocer cómo se compatibiliza la anunciada reutilización de piedra procedente de la excavación con las prescripciones técnicas del propio proyecto. Cómo se valorará económicamente ese material y cómo se certificará la correspondiente unidad de obra. Y queremos saber, de una vez por todas, cuándo terminarán los trabajos y cuándo podrá abrir el Museo sus puertas.

Son preguntas normales sobre una obra pública de enorme importancia y financiada con el dinero de todos.

Y quiero dejar otra cosa igual de clara. Nada de esto supone desconfianza alguna hacia quienes están haciendo realidad el edificio. Más bien al contrario. Tengo plena confianza en el estudio de arquitectura que elaboró el proyecto de ejecución y que hoy ostenta la dirección facultativa de las obras. Y la tengo también en las empresas contratistas y subcontratistas y en los profesionales que trabajan cada día en el Museo. Confío en su capacidad, en su experiencia y en su criterio. Y precisamente por eso creo que debemos dejarles trabajar. Porque quizá no debamos reducir todo este debate a escoger entre dos palabras: sillería o mampostería. La pregunta que de verdad importa es mucho más sencilla:

¿Cuál es la mejor piel posible para este edificio?

Estamos levantando, posiblemente, la obra más esperada por Zamora en décadas. No estamos construyendo un edificio cualquiera. Estamos construyendo la casa de una de las cosas que mejor explican quiénes somos.

Si existen posibilidades técnicas para mejorar el resultado final, estudiémoslas. Si los arquitectos y los técnicos consideran que determinadas soluciones pueden dar al edificio mayor personalidad, singularidad y calidad, escuchémoslos. Si estamos a tiempo de hacer algo mejor, hagámoslo.

No corresponde a los políticos decidir cómo debe aparejarse una fachada. Para eso están quienes saben de arquitectura, construcción, materiales y patrimonio. Más bien les corresponde garantizar los recursos, exigir transparencia, resolver problemas y crear las condiciones para que los profesionales puedan hacer el mejor trabajo posible.

No construyamos pensando solamente en acabar. Ni pensando en la polémica de esta semana. Pensemos en cómo veremos este edificio dentro de treinta, cincuenta o cien años.

Zamora sabe bien que aquello que hoy admiramos nació muchas veces de personas que tuvieron la valentía de hacer algo distinto, de arriesgar y de pensar más allá de su tiempo. Tengamos también nosotros algo de esa ambición. Y esa misma ambición tendrá que continuar cuando termine la obra. Porque el Museo no puede consistir simplemente en levantar un gran edificio, colocar los pasos y abrir las puertas. Tenemos que conseguir que sea uno de los grandes lugares culturales de Zamora durante los doce meses del año. Tenemos patrimonio de sobra para hacerlo. Lo que necesitamos es saber contarlo.

Quien entre en el Museo sin conocer nuestra Semana Santa debería salir entendiendo un poco mejor por qué significa tanto para nosotros. Tendrá que conocer nuestra historia, nuestras imágenes y nuestras cofradías, naturalmente. Pero también debería sentir algo.

La Semana Santa de Zamora son imágenes y patrimonio, pero también son sonidos, luces, olores, texturas, recuerdos y silencios. Es el ruido de una puerta que se abre de madrugada. Es una calle esperando. Es una plaza abarrotada y, unos minutos después, un silencio difícil de explicar. Es música. Es frío. Es incienso. Es el tacto del pañuelo en el cuello y el beso de la madre en la despedida.

Y algo de todo eso debería vivir dentro del Museo.

Incluso en agosto.

Alrededor de la exposición permanente necesitamos además una programación cultural a la altura: exposiciones temporales, conciertos, conferencias, investigación, publicaciones, actividades educativas, encuentros y colaboraciones con otros museos e instituciones. El Museo tiene que estar vivo en enero, en mayo, en agosto y en noviembre.

Porque no estamos construyendo solamente un lugar para guardar nuestro patrimonio. Estamos construyendo una nueva puerta de entrada a Zamora.

Y tenemos una oportunidad extraordinaria.

Después de tantos años esperando, no podemos conformarnos ahora. Pidamos explicaciones cuando haya que pedirlas. Exijamos transparencia a la Junta. Agradezcamos a las administraciones el esfuerzo que están realizando. Confiemos en los arquitectos, en los técnicos y en quienes trabajan cada día en la obra. Y dejémosles buscar la mejor solución.

Terminemos las obras y llenemos el Museo de vida. Consigamos que alguien venga a Zamora expresamente para conocerlo y que, cuando salga, tenga ganas de volver para vivir nuestra Semana Santa en las calles.

Porque ese será el verdadero reto.

Podremos construir un edificio magnífico. Podremos reunir en él algunas de las mejores obras de nuestro patrimonio. Podremos explicar nuestra historia con las herramientas más modernas. Pero habrá algo que nunca será fácil encerrar entre cuatro paredes.

Porque la Semana Santa de Zamora no está solamente en sus pasos.

Está en una ciudad que cambia cuando se acerca la primavera.

Está en las aceras llenas mucho antes de que llegue la procesión. En las casas donde se prepara una túnica. En los niños que preguntan cuánto falta. En las conversaciones que cada año vuelven a repetirse. En esa música que escuchamos desde lejos y que reconocemos antes incluso de saber por qué calle viene.

Está en la espera.

Está en el silencio.

Y está, sobre todo, en esa extraña sensación de pertenecer a algo que empezó mucho antes que nosotros y que seguirá cuando nosotros ya no estemos.

Eso es lo verdaderamente difícil de contar.

Y ese debería ser el gran desafío del nuevo Museo: que quien nunca haya vivido una madrugada en Zamora pueda acercarse un poco a comprenderla. Que quien entre sin conocernos salga sabiendo que aquí la Semana Santa no es solamente algo que contemplamos.

Por eso este Museo importa tanto.

Porque llevamos muchos años esperando un lugar donde enseñar lo que tenemos. Pero, en el fondo, llevamos muchos más buscando la manera de explicar lo que sentimos.

Quizá nunca consigamos hacerlo del todo.

Hay cosas de Zamora que solo se entienden estando aquí, pero merece la pena intentarlo. Hagamos un Museo hermoso. Hagamos un Museo vivo. Hagamos un Museo que sorprenda a quien venga de fuera y que emocione a quien entre siendo de aquí.

Y cuando por fin abra sus puertas, después de tantos años, ojalá podamos cruzarlas, mirar alrededor y sentir algo muy sencillo.

Que ese lugar habla de nosotros.

Que reconocemos Zamora dentro.

Y que la espera, por fin, ha merecido la pena. n

Iñaki Gómez es portavoz adjunto del Grupo Socialista en las Cortes de Castilla y León. n

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