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Opinión | Zamoreando

El cochecito de la discordia

"Hacer caminar a un perro por su propio pie, perdón, quise decir pata, empieza a verse como un acto de negligencia o, peor aún, de tacañería"

Perro en cochecito de bebé.

Perro en cochecito de bebé. / IA

Vivimos en una época de sustituciones fascinantes. Hemos cambiado los discos físicos por la nube, las oficinas por el salón de casa y, en un giro magistral del destino urbano, hemos cambiado los bebés por los perros de raza miniatura. Pasear hoy por cualquier parque céntrico es asistir a un desfile de alta gama de la firma Bugaboo, con la única diferencia de que, al asomarse al capazo esperando ver unos mofletes humanos, uno se encuentra con la mirada fija, chata y ligeramente juzgadora de un Chihuahua con impermeable.

El carrito de bebé ha sufrido una mutación zoológica irreversible, convirtiéndose en el accesorio definitivo de la era del "perrihijo". El cochecito ya no mide el éxito de la conciliación familiar, sino el nivel de consentimiento y presupuesto que estás dispuesto a invertir en un ser que, por definición evolutiva, venía equipado con cuatro patas perfectamente funcionales. Es verdad que ver un cochecito de bebé y descubrir que dentro hay un Pug con gafas de sol rompe los esquemas. Esta tendencia genera opiniones divididas. Las tasas de natalidad bajan, pero el instinto de cuidar sigue intacto.

Hemos diseñado ciudades tan hostiles, con suelos que queman y aceras llenas de cristales, que la solución moderna no es limpiar las calles, sino elevar al perro a la categoría de deidad flotante sobre ruedas. El carrito funciona como un escudo aristocrático; el animal ya no se mezcla con el populacho canino ni huele farolas, ahora experimenta la ciudad en formato panorámico y con amortiguación premium.

El carrito del can se ha convertido en el caballo de Troya perfecto para meter a un Shih Tzu en la sección de frutería del supermercado o en una cafetería de moda bajo la lógica de "si está en el carrito, no ensucia". Hacer caminar a un perro por su propio pie, perdón, quise decir pata, empieza a verse como un acto de negligencia o, peor aún, de tacañería. La evolución tardó millones de años en perfeccionar las almohadillas caninas para que hoy miremos con condescendencia a cualquiera que obligue a su mascota a ejercer el rudimentario y ordinario acto de andar. Al paso que vamos, en pocos años los parques ya no necesitarán zonas de tierra ni césped; bastará con un buen circuito de boxes para cambiar los neumáticos del cochecito de tu Pomerania.

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