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Opinión

Concha Pelayo

Concha Pelayo

Escritora y gestora cultural

Tiempo de silencio

"Ceuta nos coloca ante un espejo. Y quizá lo que deberíamos preguntarnos no es solamente qué hacemos con quienes llegan, sino qué hacemos nosotros con nuestra propia humanidad cuando los vemos llegar"

Imagen de archivo de varios migrantes sobre un espigón de Ceuta.

Imagen de archivo de varios migrantes sobre un espigón de Ceuta. / Marcos Moreno - Europa Press

Hace unos años escribí un artículo con este mismo título. Era un tiempo extraño, un tiempo de encierro en el que, sin haberlo previsto, descubrimos cuánto necesitábamos a los demás.

Nos bastaron unos días de aislamiento para comprender que aquella frase que tantas veces pronunciamos —"yo no necesito a nadie"— no era más que una ilusión. Necesitábamos al vecino, al amigo, al desconocido que caminaba junto a nosotros, a quien nos esperaba al otro lado de una barra, a quien ocupaba una butaca en un teatro o compartía con nosotros el espacio de una calle. Necesitábamos incluso aquellos pequeños roces de la convivencia que, antes, podían parecernos molestos. Éramos, y seguimos siendo, seres sociales.

Entonces pensé que aquel silencio impuesto quizá nos serviría para detenernos, para mirar de otra manera, para hacernos más conscientes del sufrimiento ajeno. Pensé que, después de aquello, seríamos capaces de comprender mejor al que sufría, al que estaba solo, al que necesitaba ayuda.

Hoy, al contemplar lo que está sucediendo en Ceuta, me pregunto qué queda de aquella enseñanza.

Hay personas que llegan hasta nuestras fronteras después de haber recorrido un camino que nosotros apenas podemos imaginar. Algunas se lanzan al mar. El mar, que para unos puede ser paisaje, horizonte o lugar de descanso, para otros se convierte en una frontera entre la esperanza y la muerte.

Y vuelvo a preguntarme. ¿Qué vemos cuando miramos esas imágenes? ¿Vemos personas o vemos cifras? ¿Vemos rostros o vemos un problema?

Quizá ahí esté una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Tenemos a nuestro alcance una cantidad inmensa de información, vemos en nuestras pantallas guerras, naufragios, hambre, desplazamientos y sufrimiento. Todo sucede ante nuestros ojos y, sin embargo, corremos el riesgo de acostumbrarnos. Lo terrible puede convertirse en cotidiano. Y cuando el dolor se convierte en cotidiano, deja de conmovernos.

No quiero hacer de estas palabras un alegato político. No pretendo tener respuestas para una situación compleja que exige decisiones, organización y responsabilidad. Una ciudad no puede afrontar indefinidamente en soledad aquello que corresponde abordar a las administraciones y al conjunto de la sociedad.

Pero hay algo que sí está en nuestras manos. No perder la capacidad de mirar al otro como a un ser humano.

Porque podemos discutir sobre fronteras, sobre leyes, sobre recursos, sobre responsabilidades y sobre las obligaciones de quienes gobiernan. Podemos tener opiniones diferentes y defenderlas con firmeza. Lo que no deberíamos perder nunca es la compasión.

Me pregunto qué puede sentir un joven cuando decide lanzarse al mar. Qué ha dejado atrás. Qué espera encontrar. Qué miedo lleva consigo. Qué historia hay detrás de ese cuerpo agotado que alcanza una orilla que para él significa tantas cosas. Y pienso especialmente en los menores.

Un niño debería tener una historia distinta. Debería preocuparnos que un niño tenga miedo, que esté solo, que no sepa qué será de su vida al día siguiente. No importa de qué país proceda ni qué lengua hable. Hay edades en las que todos deberíamos reconocer la misma vulnerabilidad.

Tal vez hemos olvidado algo muy sencillo: que la dignidad no tiene nacionalidad.

Cuando escribí aquel primer "Tiempo de silencio", hablaba también de la naturaleza. El mundo se había detenido y, al disminuir nuestro ruido, descubrimos sonidos que habíamos dejado de escuchar. Parecía que la tierra respiraba de nuevo. Yo deseaba entonces que, de la misma manera que se limpiaba el aire, se limpiaran también nuestros sentimientos. Que fuéramos capaces de salir de aquel encierro siendo un poco más solidarios, un poco más compasivos.

Hoy me pregunto si lo conseguimos. Quizá necesitemos otro silencio. No el silencio de quien calla ante la injusticia, sino el silencio de quien se detiene antes de juzgar. El silencio que permite escuchar. El silencio que nos obliga a mirar un rostro y recordar que detrás de él hay una vida.

Ceuta nos coloca ante un espejo.

Y quizá lo que deberíamos preguntarnos no es solamente qué hacemos con quienes llegan, sino qué hacemos nosotros con nuestra propia humanidad cuando los vemos llegar. No podemos resolver todos los problemas del mundo. Pero sí podemos decidir qué clase de personas queremos ser ante el sufrimiento de los demás. Podemos cerrar los ojos. Podemos mirar hacia otro lado. O podemos mirar.

Yo sigo pensando que la empatía es una de las pocas herramientas capaces de acercarnos a un mundo mejor. Lo escribí entonces y lo sigo creyendo ahora.

Quizá, después de tantos años, aquella palabra con la que terminé mi primer artículo siga siendo la respuesta más sencilla y más difícil de todas: Amor.

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