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Opinión | al grano

¿Sabes lo de Casto?

Acaba de irse mucho más que un buen profesional y eficiente funcionario, se ha muerto un zamorano imprescindible para la provincia

Casto López Cañibano

Casto López Cañibano / LOZ

"¿Sabes lo de Casto?". Eran las siete y media de la tarde, llovía sin mojar en un cerro enamorado del sol que se reparten Sanzoles y Madridanos. Ese escueto mensaje por wasap de mi amigo Paco me revolvió por dentro: me puso en el disparadero emocional cuando paseaba aireando mis cuitas en plena naturaleza desarmada. No, no lo sabía, pero la pregunta llevaba en su barriga la más terrible respuesta. "¿Qué pasa, Paco?", pregunté temblando. Y su contestación me confirmó lo que yo llevaba algunos segundos intentando digerir sin reventar.

¿Qué hacemos con la amistad cuándo por medio se mete la muerte? ¿Cuándo le digo yo ahora a Casto que era un tío cojonudo? Siempre nos quedamos con nosotros lo que creemos mejor, encarcelamos lo afectivo por cobardía, menos él, que lo expresaba sin querer, que te lo decía con esa sonrisa maravillosa de medio labio caído y esos ojos llenos de "maraños" infinitos perdidos en su inabarcable Tierra de Campos.

Caía bien Casto a la gente, a todos, hasta a los animalistas, que veían en él la contradicción de ser sanador de animales y taurino militante. Pero no, que se lo explicaba a quien quisiera escucharlo. Y lo hacía con esa voz transparente, dormilona, queda, como sale el agua de la fuente del Caño Viejo de Prado, su pueblo natal, símbolo de la tragedia que azota como una ventisca al ámbito rural: porque quiero a los toros, me gustan los festejos taurinos. Y a buen entendedor…

Casto era un veterinario vocacional, claro, un funcionario ejemplar de la Junta, por supuesto, un trabajador público sin horarios que se llevaba la oficina, la granja, las reuniones sectoriales, el maldito covid, lo que fuera, a su vida diaria —a costa de su familia, desde luego— dispuesto a defender al sector ganadero, al sector primario, a todos los zamoranos desde departamentos tan dispares como Ganadería, Medio Ambiente o Sanidad, pero su sello, lo que trascendía de él era, sobre todo, su bonhomía, su elegancia, su compromiso con la provincia más allá de la obligación funcionarial. Le dolía, me consta, lo que le está pasando a Zamora. Le dolía como una espina entre uña y carne.

Cuando se nos va un amigo no debemos llorar solo porque sus recuerdos quedan temblando en el aire y ya solo dependen de nosotros; debemos llorar, sobre todo, porque ya no habrá tiempo para generar más recuerdos. Y eso, cuando hablamos de un hombre bueno y comprometido, es una auténtica tragedia. Por eso, Casto, que alguien le diga a tu nieta cuando corresponda que tuvo un abuelo que era cojonudo, buena gente de verdad.

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