Opinión
La reportera (II)
"Aquí no hay otra cosa que contar que la vida disfrutada sin pensarlo"

Lugar de la Ribeira Sacra ( Ourense).
Por si el curso político no fue bastante calentito, el verano ha entrado con altas temperaturas del clima que hemos alterado con total y tozuda insensatez. La reportera no tiene más que decir que los hechos consumados y los incendios sin control que por sí mismo hablan. Ella es una más de las voces en el desierto que se extiende a medida que los fuegos aumentan. Duro oficio de mostrar la triste realidad incluso anticipándola. No es fácil hacer información sin acuse de recibo, peor es verlas venir dando aviso de lo mismo y ver de brazos caídos a quienes se les alerta para poner remedio o protegernos. La reportera ahora descansa y "en modo avión" está de vacaciones. Se encuentra en un lugar donde el ruido mediático no existe y el físico apenas se aprecia. Este aislamiento temporal se lo pide cuerpo y mente. Si digo que la despiertan los pájaros queda demasiado lírico, pero no es de exagerar que golondrinas y vencejos arman bonito jaleo por el aire al atardecer. También esto es noticia, aunque nunca lo fuera si no es por la amenaza que la naturaleza sufre por quienes ella sirve. La madre naturaleza sí, porque es de ley reconocer que madre hay más de una. Madres-tierra, padres-ríos, madre-agua, o diosa-lluvia. Pero se olvida o queda sólo como figura literaria. Así nos va, por el maltrato que le damos y por no dejarnos querer, asilvestrándonos con exceso de consumo, de contaminación, de progreso mal entendido.
La reportera tiene escrito esto de una y mil formas, ha acudido muchas veces a documentar desmanes; siente impotencia y desánimo, pero ahora carga pilas en un rincón de la geografía tan amenazado como otros excepto que por falta de gente en esos pagos el cálculo de probabilidades es menor a no ser que un fuego feroz galope desbocado.
La reportera aquí, ha dejado aparcada la letra escrita y sólo coge el lápiz para esbozar en su cuaderno de vacaciones algún verso suelto de alegría, algún haiku para resumir un paseo placentero o un instante de belleza indescriptible al atardecer. Confía sanarse algo del desánimo y reponerse del pesimismo que a menudo la invade, pero ha visto renacuajos siguiendo el ciclo de vida que les toca en el arroyo que alimenta un estanque fresco donde crecen confiados, como de niña pudo verlos y cogió amorosa con sus manos para devolverlos al lugar donde siguen nadando confiados. ¿Hasta cuándo? pues los anfibios ya se ven amenazados, como topos y sapos que el purín va exterminando. Por la noche el búho se hace oír y la luna llena manda en la oscuridad como reina de la noche y su corte de estrellas. Todo el campo tiene un ciclo que si se respeta conforma un poema de rima imperceptible, una belleza que no va a los museos, sino que se muestra in situ con solo no alterarla: flores del campo, rumor de los pinos, serenidad de las encinas, libertad de los arroyos, nubes fugaces, majestad de las montañas…
La reportera ve esto y todo queda dentro de su espíritu y en silencio, no quiere otro paisaje que no sea estos espacios donde su alma se explaya y donde la noticia no es otra que la vida sucediéndose sin titulares ni nada de particular que no sea lo que la invade sin peligro, lo que la colma sin desgaste.
Aquí no hay otra cosa que contar que la vida disfrutada sin pensarlo. Dejamos a la reportera en su sitio ignoto pues está bajo el cuidado natural de la madre naturaleza. Un eclipse personal intencionado. Bien es cierto que no puede quitarse de la cabeza que las vacaciones para la fauna y flora no son tales y a nosotros con tanto desmán, se nos está acabando el recreo, pero ella es de la opinión que en medio de la oscuridad vale menos lamentarla que encender una vela. Ahora solo procura velar de vez en cuando por sus queridas colmenas.
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