Opinión
El sentido de la fiesta en Sanabria
Y ya corren los nuevos por la calle, plenos de alegría, saltando, riendo, gritándole a la Virgen en su casa andante, a hombros de los mozos y mozas

La Arracada en el fin de fiestas de Rozas de Sanabria / Irene López Alonso
A María Jesús y a mis cuatro hijos. A mi abuelilla Estéfana.
Y ya corren los nuevos por la calle, plenos de alegría, saltando, riendo, gritándole a la Virgen en su casa andante, a hombros de los mozos y mozas (¡qué guapa cuando el aire mueve su manto, con cara de virgen…; receptora de múltiples peticiones, consoladora de infinitas amarguras, auxiliadora de tantos desasistidos…!). Hasta que el pueblo entero en los aledaños de su virgen llega a la fuente del pueblo y los rapaces no se pueden contener y brincan todos juntos, en miles de gotas de espuma; y suenan los cohetes en el cielo, y canta la gaita (¡bendita sea!); y el corazón parece que se sale del pecho, como un pájaro en la jaula, como un pájaro apretado entre las manos, por dentro de la sangre, como a la María de Yerma de Lorca:
"¿No has tenido nunca un pájaro vivo apretado en la mano? (…) Pues lo mismo… pero por dentro de la sangre".
Sí, jamás vi tanta alegría junta en esta miscelánea de procesión, gaita y volteo de campanas, y cómo suenan estas por el cielo de la Sanabria mía – siempre – veraniega.
Suenan, sí, desde el Alto de Pedrazales, y desde el de San Justo, y desde el Cerro de San Juan y desde el Alto de San Riel. Y cómo suenan también (levito, asciendo: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz acuden a mí) desde la majada de castaños de la Alcobilla
-castaños milenarios que fijan sus raíces en la tierra cual brazos alargados de gigantes–; sí, cantan los grillos en un coro excelso en mi rincón del alma, en el Valle; así el vuelo infinito de las mariposas donde escribo estas líneas con la intención de que sean publicadas.
Y vuelven los sueños con sus travesuras inundando los caminos y veredas de ternuras; así el campanario viejo de vértigo y desasosiego también lo inundan, pero especialmente de inocencia; y a la abuela centenaria (mi abuelilla Estéfana, que hacía mazapanes en el Horno del Valle situado frente a este rincón). Así también acuden a mí, su figura asomando desde el balcón de madera situado un poco más abajo, con la señal de la cruz colgando de su temblorosa mano; naciéndoles una lágrima plena de infinitas nostalgias.
Todo el pueblo aparece cansado, medio muerto… Y la Sanabria entera se llena de esperanzas… pensando en la próxima fiesta.
¡Sueños…! Ilusiones del ayer, del hoy y del mañana…; recuerdos… Y el tiempo es como una tarde silenciosa dormida en las orillas del Gran Lago.
Silencio en todas partes.
Silencio… Silencio.
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