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Opinión | EL ESPEJO DE TINTA

El pensamiento lastrado

Cuando gobierna sólo el conmigo o contra mí, a nadie se le permite el derecho a la no militancia, la renuncia a la beligerancia permanente, el refugio de la no adscripción a una tribu o a un ejército

Pedro Sánchez entra en el Congreso de los Diputados para asistir al Pleno del pasado 25 de junio.

Pedro Sánchez entra en el Congreso de los Diputados para asistir al Pleno del pasado 25 de junio. / Jesús Hellín / Europa Press

En su canción Línea Clara, canta Loquillo: "Dicen que me repito de lo claro que hablo, será que no me entrego a las reglas del mercado porque milito en la razón del pensamiento ilustrado". Si los meses pasados han sido duros para las costuras de nuestra democracia patria, llevada a la sima más profunda en esa huida sin retorno a la que Sánchez se ha abocado para tratar de ganar tiempo y oxígeno frente a la podredumbre que en su derredor se ha ido destapando, los próximos se avecinan dramáticos.

Noventa años después del comienzo de nuestra última guerra fratricida hiela la sangre y corta la respiración sentir, ver y escuchar cómo se desempolvan no ya los discursos del odio y el enfrentamiento -con bastante peor oratoria que los de entonces-, sino actitudes que, aparentemente superficiales, denotan una corriente de fondo que abole toda razón y todo ilustrado pensamiento.

Nada ni nadie queda al margen. Cuando gobierna sólo el conmigo o contra mí, a nadie se le permite el derecho a la no militancia, la renuncia a la beligerancia permanente, el refugio de la no adscripción a una tribu o a un ejército. El sectarismo no es patrimonio de una u otra ideología. Si bien suele encontrar mejor acomodo en los extremos que en las zonas centrales de la convivencia, está al alcance de todos, es la condición humana la que decide acogerlo o no y es más peligroso cuando se impone disfrazado de moderación.

De esas zonas centrales surgió Pedro Sánchez, vestido con piel de cordero hasta alcanzar el poder y que ahora, lanzando sus cabezas de puente y sus huestes de esbirros, hace señalamiento de todo aquel que no se pliega a la adoración irracional, al seguidismo sin preguntas, a la renuncia a cualquier pensamiento crítico. Del Rey al último ciudadano, cada medio de comunicación, periodista u opinador, cada representante profesional o social de cualquier ámbito, todas las relaciones deben someterse al bastardo alineamiento que asfixia los espacios en los que bebe la razón crítica, esa que da cuerpo a nuestro sistema, civilización y modelo institucional. Del pensamiento ilustrado pasamos al pensamiento lastrado.

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