Opinión | SIETE DÍAS Y UN DESEO
¡Deja de malgastar tu talento, caray!
Al final, nos quedó una reflexión: cambian las generaciones, los discursos y las palabras, pero determinados problemas permanecen.

Deja de malgastar tu talento / Imagen creada con Inteligencia Artificial
Quedé sorprendido cuando escuché que estaba malgastando mi talento. Lo soltó nuestra filósofa de cabecera, con la que compartimos café cada quince días: "Chicos, he leído un libro que me ha dejado intrigada. Si os cuento el contenido, vais a echar pestes por vuestras bocas". El más jovencito del grupo no pudo esperar más: "Vamos, cuenta y habla. No nos dejes con el alma en vilo, que quiero ver la reacción de los carcas de este grupo". Lo dijo dando por hecho que quienes pintamos canas somos anticuados o tenemos ideas muy cerradas. La filósofa nos habló de Rutger Bregman, historiador holandés formado en las universidades de Utrecht y de California, en Los Ángeles. Ha publicado un libro cuyo título es ya una provocación: "Ambición moral. Deja de malgastar tu talento y empieza a cambiar el mundo".
La sinopsis dice: "¿Y si el verdadero éxito no se midiera por lo que acumulamos, sino por lo que aportamos? Con más de 2.000 semanas laborales en una vida, ¿por qué conformarnos con empleos que no generan un impacto positivo en el mundo? La ambición moral es la voluntad de destacar, pero con una nueva concepción de la ambición: poner nuestro talento al servicio de los grandes retos de la humanidad, en lugar de perseguir cargos prestigiosos o sueldos desorbitados". Al escucharla, algunos preguntamos cómo se hacía. Parecía que estábamos ante un nuevo idealismo. Queda bonito eso de mejorar el mundo que compartimos dejando una huella significativa, pero, como decían los sabios de mi pueblo, "una cosa es predicar y otra, dar trigo".
Ahora le toca a usted, estimado lector, tomar la palabra. Yo lo tengo bastante claro: el autor holandés tiene más razón que un santo. Vivimos rodeados de "trabajos de mierda", como sostiene el antropólogo y pensador estadounidense David Graeber: empleos que quienes los desempeñan consideran carentes de sentido o socialmente inútiles, aunque estén bien remunerados. En nuestro café también pusimos ejemplos de actividades, empleos o posiciones de poder que contribuyen poco al bien común: la oligarquía financiera, las élites extractivas, quienes explotan el trabajo ajeno o quienes inventan noticias falsas. Y aparecieron algunas alternativas: banca pública y comunitaria, economía del bien común, cooperativismo, renta básica universal, regulación estricta de los grupos de presión y medios de comunicación independientes.
Al escuchar esta retahíla de propuestas, confesé que todo aquello ya lo había escuchado en los años ochenta en la Universidad Complutense de Madrid, cuando estudiaba Ciencias Políticas y Sociología. Entonces había clases, charlas, mesas redondas o asambleas donde se debatía sobre el poder, las desigualdades y la necesidad de cambiar las cosas. La filósofa exclamó: "Pues ahí está precisamente la cuestión. Han pasado más de treinta años y no hemos sido capaces de contrarrestar la influencia de las oligarquías y las élites extractivas. Se trata de devolver el poder a la ciudadanía y de equilibrar las relaciones laborales y sociales".
Al final, nos quedó una reflexión: cambian las generaciones, los discursos y las palabras, pero determinados problemas permanecen. Y el café terminó con un deseo: no olvidar que el mundo solo cambia si cada uno de nosotros deja de malgastar su talento. ¿Y cómo se hace? Tendremos que aprender. Aún estamos a tiempo.
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