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Opinión | Zamoreando

Hijos del desarraigo

La separación de un niño de su núcleo familiar es una de las fracturas más profundas y silenciosas que puede sufrir una sociedad. Bajo el paraguas de la burocracia, la migración o las crisis institucionales, miles de menores crecen hoy alejados de sus padres.

Multitud de menores migrantes esperan para su filiación frente a la Jefatura Superior de la Policía Nacional en Ceuta, el pasado 10 de agosto.

Multitud de menores migrantes esperan para su filiación frente a la Jefatura Superior de la Policía Nacional en Ceuta, el pasado 10 de agosto. / Juntaex

La separación de un niño de su núcleo familiar es una de las fracturas más profundas y silenciosas que puede sufrir una sociedad. Bajo el paraguas de la burocracia, la migración o las crisis institucionales, miles de menores crecen hoy alejados de sus padres. El resultado no es solo la distancia física; es el desarraigo familiar, una herida invisible que deforma la identidad, anula el sentido de pertenencia y condena a las nuevas generaciones a una madurez fragmentada. Ninguna institución, por eficiente que sea, puede sustituir el valor afectivo y estructurante de una familia.

El desarraigo no es un concepto abstracto; es una realidad psicológica devastadora para el menor. La distancia prolongada destruye los vínculos afectivos primarios, generando traumas de abandono difíciles de revertir. Al crecer lejos de sus padres, los menores pierden sus raíces, sus costumbres y la narrativa de su propia historia. Los niños cronifican estados de ansiedad, desconfianza hacia el entorno y un vacío emocional que afecta a su desarrollo adulto.

La institucionalización no es una solución permanente. Los sistemas de protección y los centros de acogida nacieron para ser respuestas de emergencia, pero con demasiada frecuencia se convierten en callejones sin salida. La tutela institucional, por su propia naturaleza masiva, uniformiza a los niños y limita el afecto personalizado. Cada mes que un menor pasa alejado de su hogar reduce las posibilidades de una reunificación exitosa. Se protege el bienestar físico del menor, pero se asume un coste emocional desproporcionado al perpetuar la separación de sus padres.

La verdadera protección del menor no consiste en aislarlo de su familia, sino en sanar y fortalecer ese núcleo para que el regreso sea posible. El interés superior del menor exige agotar todas las vías para que crezca junto a quienes le dieron la vida. A ver si se enteran las autoridades, los buenistas y las ONG interesadas. En lugar de destinar recursos a mantener a los niños tutelados, el esfuerzo debe volcarse en apoyar a los padres para que recuperen su autonomía.

Los plazos administrativos deben reducirse drásticamente; el tiempo de la burocracia no puede seguir devorando la infancia de un niño. Porque proteger a la infancia no es retenerla en entornos controlados; es devolverle su derecho a tener raíces. El retorno con sus padres no es una opción secundaria, sino una obligación ética y legal que las sociedades no pueden seguir posponiendo.

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