Opinión | Sanabria-La Carballeda
Visita al Museo Etnográfico Raíces
"El Museo Raíces no es un ejercicio de nostalgia, bien al contrario, es un lugar de aprendizaje y de reivindicación de lo propio, un lugar de puente intergeneracional que conecta el pasado con el presente y yo creo que también con el futuro"

CARTAS
Hace falta mucho tesón, mucha voluntad, mucha inquietud, mucha sabiduría, mucha elegancia y también una cierta dosis de rabia, para crear una colección magnífica de objetos que describen la vida en un determinado lugar durante casi un siglo. Esa colección ha sido creada por Pilar García Muela y puede ser visitada en el Museo Etnográfico Raíces en Santa Colomba de Sanabria, una iniciativa personal con un marcado fin de interés general.
Visitar el Museo Raíces es vivir la historia. Para quienes sobrepasan los 70 años, y nacieron en esta comarca, es una ocasión para recordar su vida cotidiana cuando eran pequeños.
Para quienes tenemos menos de 70 y no nacimos aquí, pasar una tarde con quienes lo vivieron es una ventana abierta al pasado, que nos permite entender lo que no conocemos, lo que no sabemos, porque ellas y ellos ya lo habían olvidado, porque no nos lo contaron o, porque cuando lo hicieron, no les escuchábamos.
La vida en la comarca de Sanabria, desde finales del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX, comparte muchas similitudes con otras zonas de la provincia de Zamora y de más allá. Aunque también se conocen las diferencias que su ubicación remota, su geografía y otros condicionantes imprimieron en la vida de la zona.
Por primera vez, gracias a esta colección, no tenemos que ir a escudriñar grandes museos, sino que sólo yendo a Santa Colomba podemos aprender algo muy valioso: cómo era la vida de la mayoría de la gente aquí a lo largo de dos o tres generaciones, de los que se quedaron y de los que no tuvieron otro remedio que partir. La vida de la gente corriente, que al final, somos la mayoría.
Como niña tuve la suerte de que una tarde mi abuelo me subiera con él en un trillo, esa herramienta de labranza de la que hay vestigios desde al menos el siglo IV a.C. y que a principios de los años 80 ya era una reliquia en cualquier lugar de España. Aquella tarde la recuerdo divertida, especial, diferente, comparada con las otras tardes de aburrimiento en la que sólo podía mirar, mientras segaban o majaban de forma manual, algo que en esa forma era ya poco común.
Es curioso que tuvieran que pasar muchos años para darme cuenta de que aquella tarde estaba participando en algo que desaparecía para siempre, que ya era una reliquia de la historia que yo tuve la oportunidad de vivir. Sólo muchas décadas después he entiendo el valor de conocer esa forma de vida y me arrepiento de no haber aprendido más, de no haber dedicado más tiempo a entender que, con toda la dureza que soportaron, quienes nos precedieron practicaron modos de vida que cuidaban más de la naturaleza, porque la entendían. Cuidaban más del prójimo, porque la gran mayoría sentía que la vulnerabilidad era compartida y que sólo se superaba con ayuda mutua y con usos comunitarios. Y que creaban arte y cultura que, como todo su modo de vida, fue denostado durante décadas, hiriendo la dignidad de quienes eran y de cómo vivían.
Visitar este museo es una oportunidad de compartir una maravillosa conversación con Pilar y también con las personas mayores que acudieron. Un diálogo en el que ellas y ellos son los sabios, quienes conocen y saben la utilidad de las cosas, y en el que quienes nos hemos dado cuenta de que hasta que no recuperemos su dignidad no seremos plenos en la nuestra podemos ayudar a recomponerla con trocitos de su vida y de su sabiduría.
Repasando los objetos recogidos por Pilar aprendí que cuando la electricidad llegó a la zona se pagaba por puntos de luz y esa era la razón de que en los techos de las cocinas hubiera un agujero con el que se podía pasar la bombilla a la habitación de arriba. También aprendí que la grasa de ballena no se corrompe. Esa enseñanza que parece traída de marineros nórdicos, procede de mucho más cerca. En concreto del túnel 12, el del Padornelo, en el que los carrilanos (los obreros y presos políticos que cavaron la roca a mano entre 1929 y 1954) usaban lamparitas que no iban con aceite ni con carbón, si no con grasa de ballena, porque era más barata.
Aprendí qué son los paños de ofrendas o los gorritos para evitar el mal de ojo en los bebés, auténticas obras de arte realizadas por las mujeres, respectivamente en lino y seda.
También el significado de la expresión "son hogazas prestadas" y que alguien tuvo la extravagante idea de gastar muy buenos duros en que le hicieran una bañera de madera. Aprendí también la diferencia entre la masera y la artesa y quienes eran y qué hacían los ferranchanes.
Pero lo mejor de la visita es que una colección recogida, restaurada y expuesta con tanta delicadeza y conocimiento, sirve para abrir conversaciones que rara vez se dan en otro contexto, conversaciones para saber más de los nuestros y por tanto más de nosotros mismos. Este sencillo museo nos enseña a diferenciar los deseos de las necesidades. Que con humildes y escasas herramientas y medios materiales se pueden satisfacer las necesidades humanas reales, que menos es más y más cierto. Que la felicidad está más cerca del cómo, si es compartido, que el con qué si es innecesario.
El Museo Raíces no es un ejercicio de nostalgia, bien al contrario, es un lugar de aprendizaje y de reivindicación de lo propio, un lugar de puente intergeneracional que conecta el pasado con el presente y yo creo que también con el futuro.
Este espacio y Pilar se embarcan en nuevas aventuras, siendo parte activa de Hilando Tradiciones, un proyecto impulsado por la Asociación Laiaia, que tiene por objetivo recuperar y reaprender la tradición del hilado y tejido de la lana. Dicha actividad, esencial en el primer tercio del siglo pasado, cuando en la zona para tener ropa había que fabricarla, se convierte ahora en una actividad que se ha demostrado contribuye a aliviar o resolver nuevas necesidades, en torno a la soledad no deseada, a las consecuencias mentales de la economía de la atención, y que contribuye a la mejora de la salud física y mental de quienes practican esta actividad, especialmente cuando lo hacen en grupo.
Así, el Museo Raíces es un espacio donde nuestra vida, con sus nuevos retos, vuelven a la lana, a una materia prima natural, de unos animales que cuidan de los campos, y que nos ofrecen su lana para tejer, para nuevas creaciones que unen utilidad y arte. Justo en estos meses es un lugar de encuentro, investigación y experimentación en el que mujeres de toda la comarca están embarcadas en la fascinante aventura de tejer un tapiz comunitario que represente a la mujer rural sanabresa. La obra, una vez finalizada, quedará instalada en el museo para seguir haciendo lo que este espacio y su promotora nos están proponiendo: no parar de tejer recuerdos, conocimientos, creatividad, imaginación, sororidad, pasado y presente, porque el tejer de cada día es el que determinará el "tapiz de nuestra vida en el futuro".
Rosi Gallego
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