Opinión | Zamoreando
Gobernar desde el conflicto
El cruce de líneas rojas por parte del ministro de Transportes, Óscar Puente, marca un peligroso e inédito precedente en la política española.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, posa para Europa Press, a 17 de agosto de 2026, en Alicante / Rober Solsona - Europa Press
El cruce de líneas rojas por parte del ministro de Transportes, Óscar Puente, marca un peligroso e inédito precedente en la política española. Al calificar de "absoluta ignominia" el saludo informal del monarca con el periodista Javier Negre en Colombia, Puente se ha convertido en el primer ministro socialista de la democracia en atacar públicamente a la Corona. Esta ofensiva no es un hecho aislado, sino una estrategia calculada para desgastar la neutralidad del jefe del Estado en un contexto de evidente tensión institucional.
Un miembro del Consejo de Ministros tiene el deber de proteger la figura del rey; atacarlo rompe las bases de la monarquía parlamentaria. Como acostumbra con su bronca y desabrida actitud, lejos de rectificar, el ministro se reafirma acusando al jefe de Estado de "contaminar su imagen", arrogándose una autoridad moral que no le corresponde.
Utilizar y amplificar mensajes de cuentas radicales que exigen el fin de la Corona demuestra que su prioridad es la agitación ideológica. La actitud del "ministro Neandertal" atenta directamente contra la neutralidad y la estabilidad que exige su cargo público. Su habitual estilo beligerante, más propio de la agitación en redes sociales que de la alta política, degrada la dignidad del Gobierno y debilita los pilares constitucionales de España.
Sus agresivos ataques en redes, llamando "virus" a periodistas, solo buscan desviar el foco de las crecientes deficiencias de gestión en su propio Ministerio. Es el peligro que tiene el presidencialismo autoritario. El comportamiento de Óscar Puente refleja un alarmante deslizamiento hacia un modelo político que desprecia los contrapesos del Estado. La Corona representa la permanencia y la unidad de la nación ante el partidismo.
Cuando un ministro utiliza su cargo para fiscalizar con quién habla el rey fuera de las fronteras españolas, está dinamitando el consenso de la Transición. España no puede permitir que la altanería y las tácticas de confrontación de un ministro bocazas y grosero marquen la pauta de la relación con la Jefatura del Estado. Es lo que tiene gobernar desde el conflicto.
Un servidor público debe priorizar la estabilidad por encima del ruido de partido. Óscar Puente parece olvidar que representa a todos los ciudadanos y que la Jefatura del Estado está protegida por un consenso constitucional básico. Su insistencia en generar polémicas gratuitas no aporta soluciones y solo consigue erosionar la credibilidad internacional de España.
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