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Opinión | Zamoreando

Locura colectiva

Al final, la luna se marchó, el sol volvió a brillar, pero el agujero negro de miles de tarjetas de crédito se quedó instalado para el resto del mes.

Observación del eclipse desde Las Dibujas en Benavente.

Observación del eclipse desde Las Dibujas en Benavente. / E. P.

Hay que admitir que el ser humano es una criatura fascinante. Nos quejamos de la inflación y del precio del alquiler, pero si nos prometen que el cielo se va a poner un poco gris a las ocho de la tarde, salimos corriendo a vaciar los ahorros de toda una vida. Compramos telescopios dignos de la NASA para terminar haciendo fotos borrosas con el móvil, y reservamos habitaciones de hotel que costaban más que un viaje de ida y vuelta a Marte.

Lo más divertido de esta locura colectiva que se ha vivido en España es que la naturaleza nos ofrece amaneceres y puestas de sol espectaculares todos los días del año de forma totalmente gratuita, y ni nos inmutamos. Sin embargo, solo hace falta que la luna tape el sol como si fuera un sketch de comedia para que decidamos que es un excelente momento para arruinarnos con alegría y aplaudirle a una piedra gigante que flota en el espacio.

La alineación cósmica fue perfecta: la luna se colocó delante del sol, y las empresas de turismo se colocaron delante de nuestras carteras. Vivimos en una época tan maravillosa que somos capaces de financiar a doce meses sin intereses la experiencia mística de quedarnos a oscuras durante ciento veinte segundos. Nunca antes el color negro de la penumbra espacial se había parecido tanto al color rojo de los números bancarios.

El verdadero fenómeno astronómico no ocurrió en la atmósfera, sino en las aplicaciones de banca móvil, donde los saldos desaparecieron a la velocidad de la luz. Se pagó el café a precio de oro, la gasolina a precio de perfume y el derecho a mirar al cielo como si el mismísimo universo nos fuera a cobrar el IVA por respirar aire tapado. El negocio del siglo no fue la venta de gafas de cartón, que también, sino la venta de la necesidad imperiosa de "estar allí". El miedo a perderse el evento del año empujó a miles de personas a cometer auténticas locuras financieras. Al final, la luna se marchó, el sol volvió a brillar, pero el agujero negro de miles de tarjetas de crédito se quedó instalado para el resto del mes.

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