Opinión
El eclipse: un fenómeno de masas
Lo que no pudo evitar fue tener que admitir que el eclipse de agosto de 2026 tenía toda la pinta de ser un fenómeno de masas inmerso en un universo expiatorio.

Eclipse en Camarzana de Tera. / E. P.
Durante mucho tiempo, no hubo día en el que no se produjera una noticia al respecto. La prescripción de los expertos pasaba porque la gente debía hacerse con unas gafas especiales debidamente homologadas, so pena de exponerse a sufrir daños irreversibles en la retina si osaban mirar al sol a pecho descubierto. De modo que desde meses atrás, en que empezó a hablarse del "eclipse", todo el mundo había dispuesto de tiempo suficiente para adquirir las citadas gafas protectoras. Pero, bien por pitos o bien por flautas, aquel ciudadano aún no había llegado a hacerse con ellas. Y es que, cuando las cosas parecen fáciles de conseguir, la confianza se engarza con el tiempo formando un matrimonio que no siempre llega a dar buenos resultados.
Mira por dónde, los días fueron transcurriendo con una celeridad pasmosa, y el día D hora H del "eclipse" empezó a aproximarse. De manera que cuando el tiempo comenzaba a agotarse, el citado individuo decidió hacerse con las dichosas gafas. Fue ese un día en el que lo que menos apetecía era salir de casa y exponerse al envite que echaba sobre el asfalto la recalcitrante calima. El tiempo apremiaba, solo faltaba un día para que se produjera el evento, de manera que no le quedó otra opción que armarse de valor y enfrentarse al desmesurado azote del sol. Lo hizo a una hora tardía con la idea de poder esquivar los rigores del estío, sin renunciar a hacer, a medio camino, una parada "técnica" para refrescar el gaznate con una gratificante cerveza. Cuando, finalmente, hubo llegado al establecimiento que le habían recomendado a esos efectos, resultó ser que el comerciante ya había echado la trapa. Cosas del horario de verano, decía un aviso escrito sobre una cartulina de color verde, ya que se trataba de un ecologista.
Fracasada la gestión, la reacción no se hizo esperar; regresar a casa con la intención de volver a intentarlo a primera hora de la mañana siguiente era la única opción. Pero el caso es que tantas veces va el cántaro a la fuente que termina por romperse. Y eso es lo que sucedió al siguiente día, cuando muy ufano se presentó en la tienda para recoger el artilugio, ya que las gafas se habían agotado y aquel comerciante no esperaba recibir ningún suministro en lo que quedaba de jornada.
Esto sucedió en la villa de Madrid el mismo día del eclipse, localidad donde cada ciudadano tuvo que apañarse como Dios le dio a entender para hacerse con unas gafas "eclipse" debidamente homologadas. Y es que su Ayuntamiento solamente tuvo a bien facilitar cincuenta mil unidades para sus tres millones y medio de habitantes. De ahí que la gente tuviera que recurrir al suministro privado sin tener seguridad de encontrarlas. Cosa distinta sucedió en Zamora, donde para sesenta mil habitantes el Ayuntamiento distribuyó cerca de cuarenta mil adminículos sin coste alguno para los vecinos. Una cantidad sesenta veces superior a la del todopoderoso municipio madrileño que, de haber seguido la pauta de la ciudad de Doña Urraca, habría tenido que repartir más de dos millones.
¡Mira que se lo tenía dicho!: "para esas cosas y para otras muchas más hay que venir a Zamora", pero como tantas otras veces el individuo en cuestión no me hizo ningún caso.
Dada la ineficacia de aquella gestión decidió restarle importancia al suceso, pues al fin y al cabo siempre le quedaba la opción de poder ver el fenómeno por la tele a cámara lenta o rápida y con la acción del VAR si fuera menester. Pero el caso era que su interior le decía que no se resignaba a admitir el fracaso de no poder ver el eclipse en directo. Cierto que le quedaba un resquicio de consuelo, pues de crío, siguiendo las indicaciones que le habían dado en el colegio, había apañado un trozo de cristal, ahumándolo con cerillas, al objeto de observar a su través un eclipse que iba a producirse entonces de manera inminente. Y aunque se hubiera tratado simplemente de un fenómeno parcial, al fin y al cabo, aquello, por lo que recordaba, debió haber sido un eclipse. Bien es cierto que no tenía claro si en aquel entonces llegó a ver en el cielo algo distinto a lo que venía siendo habitual. Tampoco estaba seguro en qué año se había producido, ni si algún compañero de la pandilla había sufrido algún problema en los ojos al mirar de manera retadora al sol con aquella boina de inexperiencia que conferían los pocos años.
A más a más, los malos recuerdos que le traía la peli "El eclipse" que rodó con agudeza implacable Michelangelo Antonioni, con Monica Vitti, Alain Delon y Paco Rabal como protagonistas, no le estimulaban demasiado a verlo, ni siquiera por la tele, dado que aquella obra del laureado realizador italiano estaba impregnada de connotaciones negativas, tales como la fugacidad de la vida humana y la desesperanza del amor en medio de un ambiente desolador.
Siendo consciente de que las cosas se suelen percibir de manera distinta a cómo han sucedido y aún con más diferencia a cómo se recuerdan, decidió inventarse un pasado como mejor le viniera en gana e interpretar el presente restándole la excesiva transcendencia que le estaba dando al fenómeno gran parte de la gente. Y así llegó a hacerlo. Lo que no pudo evitar fue tener que admitir que el eclipse de agosto de 2026 tenía toda la pinta de ser un fenómeno de masas inmerso en un universo expiatorio.
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