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Opinión | Zamoreando

Reparto proporcional (II)

Exigir un reparto proporcional no es un acto de insolidaridad; es exigir que el coste de las ideas se pague con el patrimonio propio y no con el bienestar del vecino.

Imagen de archivo (09/08/2026).- Numerosos inmigrantes permanecen en la playa del Trampolín que se ha transformado en un asentamiento desde la entrada masiva registrada a finales de julio en la ciudad Ceuta.  EFE/Reduan

Imagen de archivo (09/08/2026).- Numerosos inmigrantes permanecen en la playa del Trampolín que se ha transformado en un asentamiento desde la entrada masiva registrada a finales de julio en la ciudad Ceuta. EFE/Reduan / Reduan / EFE

Volviendo al asunto del "reparto proporcional" de migrantes que soporta Ceuta y que entraron en territorio español de aquella manera, viendo las posibilidades que ofrecen los ministerios y los del activismo buenista, se me ocurre continuar poniendo de manifiesto que sentir el pulso de la realidad migratoria entre reunión de subsecretarios y rueda de prensa aportaría una frescura inestimable a la gestión pública.

No sería justo, sin embargo, limitar este esfuerzo al ámbito estrictamente político. El tejido cultural y el activismo de salón, siempre tan firmes a la hora de firmar manifiestos y exigir sacrificios al ciudadano de a pie, merecen participar activamente en esta experiencia. Las residencias de nuestras más insignes figuras del cine y del compromiso social, como la familia Bardem, son espacios idóneos para la cuota correspondiente de reparto. Sería un ejercicio de justicia poética ver cómo el humanismo que se defiende con tanto ahínco en las alfombras rojas de los festivales se materializa en el salón de casa, compartiendo la mesa, la red wifi y los gastos corrientes.

La solidaridad real no se mide por los selfis en las manifestaciones ni por los tuits incendiarios, sino por la disposición a ceder el dormitorio de invitados. El modelo actual ejerce la generosidad por delegación: el Gobierno central decide, las autonomías protestan, los ayuntamientos asumen la presión y los barrios obreros absorben el impacto logístico y de convivencia. Mientras tanto, las urbanizaciones exclusivas y los complejos gubernamentales permanecen blindados, ajenos al debate que ellos mismos alimentan. En este reparto quiero incluir a Afra Blanco, Sarah Santaolalla, el Gran Wyoming y alguno más que se me escapa.

Exigir un reparto proporcional no es un acto de insolidaridad; es exigir que el coste de las ideas se pague con el patrimonio propio y no con el bienestar del vecino. Lleven a los menores a Moncloa, distribúyanlos por los ministerios, abran las puertas de los chalets de los artistas comprometidos. Solo cuando quienes dictan las normas experimenten en su propio espacio vital las consecuencias, los retos y la gestión diaria de sus decisiones, podremos hablar de un debate honesto. Hasta entonces, el reparto proporcional seguirá siendo un embudo muy ancho para los creadores de opinión y muy estrecho para quienes tienen que encajar la realidad sobre el terreno.

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