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Opinión | Siete días y un deseo

Volver a casa

"Cada persona que regresa trae consigo una historia, unos recuerdos y algo de aquella vida que se fue. Y cuando vuelve, aunque sea por unos días, el pueblo parece recobrar una parte de sí mismo"

Baile en las fiestas de Camarzana de Tera.

Baile en las fiestas de Camarzana de Tera. / Carlota Fernández

No la veía desde septiembre de 1985, en la fiesta del pueblo. Estaba igual, como una rosa. "El tiempo no ha pasado por ti", le dije, esperando que se lo tomara como un cumplido. Pero ella me soltó un rapapolvo: "No has cambiado, chaval. Sigues conquistando a las mujeres como antaño. Lo tuyo son las bonitas palabras. Pero recuerda que ya he sobrepasado los sesenta". Me encantó escuchar sus palabras. Su manera de expresarse, su entonación, su mirada. Seguía siendo ella, la mujer que se fue a descubrir el mundo porque aquí no encontraba su sitio. Yo la animé a seguir la voz de su conciencia y a no dejarse arrastrar por lo que escuchaba en su entorno: "Que no te vayas, que aquí tienes todo lo que echas en falta, que qué será de ti y de nosotros, que lo pienses bien, que te echaremos muchísimo de menos…". Pero ella no hizo caso y se fue.

Yo, mientras tanto, me fui encontrando con la vida en escenarios muy diversos: aulas universitarias, pueblos perdidos de la mano de Dios, prisiones, centros de acogida para menores, residencias de mayores, oenegés. Sin embargo, la distancia no impidió que mantuviéramos contactos esporádicos. Yo le escribía: "Hola, ¿cómo te va la vida? Por aquí todo sigue, más o menos, parecido. Ya sabes que soy un culo inquieto y que me gusta pisar muchos charcos. Cuando decidas regresar, te recibiremos con los brazos abiertos". Y ella respondía cuando le apetecía: "La vida sigue su curso. Sigo observando, preguntando y aprendiendo de todo y con todos. Hay lugares mágicos que no conocemos y que debemos pisar, al menos, una vez en la vida. Te recuerdo". Y así fue durante años, hasta que un día regresó y ocurrió lo que les he contado.

Quizá por eso los reencuentros tienen algo de especial. No solo porque nos permiten volver a mirar a quienes formaron parte de nuestra vida, sino porque, al hacerlo, recuperamos una parte de nosotros mismos. Cuando nos reencontramos después de muchos años, regresan los lugares compartidos, las ilusiones de entonces y hasta aquellas pequeñas cosas que creíamos olvidadas. Y descubrimos que el tiempo ha podido cambiar nuestros rostros, nuestras circunstancias y nuestros caminos, pero no los vínculos que nos unieron. Pienso en quienes, como ella, se marcharon de nuestros pueblos a finales de los setenta y durante los ochenta o noventa. Eran jóvenes que buscaban oportunidades, estudios o simplemente otro horizonte. Dejaron atrás familias, amigos, calles conocidas y una forma de vida que quizá entonces no supieron que estaban dejando para siempre.

Y mientras ellos se iban, nuestros pueblos comenzaron a quedarse un poco más solos. No fue de un día para otro ni hubo un momento concreto en el que alguien pudiera decir: "Aquí empezó todo". La despoblación se fue instalando lentamente, casi sin hacer ruido, a medida que cerraban escuelas, desaparecían comercios, se bajaban las persianas de los bares, se reducían los servicios y los jóvenes hacían las maletas para buscarse la vida lejos de casa. Así se fue construyendo, durante décadas, esa España vaciada de la que tanto hablamos ahora. Por eso los reencuentros tienen hoy un significado muy especial. Cada persona que regresa trae consigo una historia, unos recuerdos y algo de aquella vida que se fue. Y cuando vuelve, aunque sea por unos días, el pueblo parece recobrar una parte de sí mismo.

Quizá no podamos recuperar todo lo que se fue. Pero mientras sigamos reencontrándonos, siempre quedará algo que recuperar. Porque regresar también es una forma de volver a casa.

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