Opinión | Buena jera
El eclipse nuestro de cada día
"Cuando los veraneantes retornen a Madrid, Cataluña, Bilbao o Valladolid, aquí nos quedaremos los de casi siempre con los celestiales recuerdos del eclipse, pero con los mismos problemas de siempre"

Difentes imágenes del eclipse solar en las Eras del Canto en Toro.
Conviene completar la frase tal y como manda la oración cristiana: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". Cambien "pan" por "eclipse" y así resumiremos en pocas palabras lo que mucha gente está pensando desde el pasado miércoles. Lo clavaba perfectamente uno de los espectadores: "¡Quiero otro! ¿Cuándo hay otro?" Por estos pagos tardaremos mucho tiempo en contemplar algo semejante, de tal impacto, belleza y emoción. Habrá que ir el año que viene al sur, pero me temo que, por Málaga, Sevilla y demás, ya estén todas las plazas ocupadas. Nos conformaremos con verlo por la televisión y seguirlo en las fotos que se publicarán por doquier. Lo de este año ha sido una pasada; lo de 2027 ni me lo imagino. Ya están sentadas las bases, así que…
Hay que reconocer, una vez más, que la Naturaleza es muy sabia. Si este eclipse nos hubiera llegado en invierno, pues qué quieren que les diga. Muchos de los que ahora pasean sacando pecho por nuestros pueblos y ciudades es más que probable que se quedaran en su domicilio habitual. Hace mucho frío en esa época en el pueblo. La casa no está preparada. Tenemos que recoger a los nietos en el colegio y llevarlos a inglés, ballet, guitarra o Inteligencia Artificial. O sea, el eclipse también requiere, y exige, cierto grado de comodidad. Por eso la Madre Naturaleza, ahora vestida de cielo, se preocupó por programar el eclipse en verano, en pleno agosto, en una tarde radiante de sol y luna. Bien sabía lo que hacía. A pesar de los varapalos que le damos y de las putadas que le hacemos, la Naturaleza nos aprecia, nos quiere, nos desea lo mejor, aunque nos carguemos los bosques, incendiemos los pinares y arrasemos con todo, ríos incluidos. ¿Y que ha ideado para echarnos una mano a los de esta España vaciada y huérfana de casi todo? Un eclipse. Todos ustedes lo presenciaron, y admiraron, hace unos días.
A pesar de los varapalos que le damos y de las putadas que le hacemos, la Naturaleza nos aprecia, nos quiere, nos desea lo mejor, aunque nos carguemos los bosques, incendiemos los pinares y arrasemos con todo, ríos incluidos
Pero la pregunta pertinente, incluso molesta es: y ahora, ¿qué? Terminó el eclipse, desaparecerán las loas, los elogios y los ditirambos, volverá todo a la llamada normalidad ¿y? Esa es la cuestión. Cuando los veraneantes retornen a Madrid, Cataluña, Bilbao o Valladolid, aquí nos quedaremos los de casi siempre con los celestiales recuerdos del eclipse, pero con los mismos problemas de siempre, quizás agravados por la decepción que supone haber contemplado, aunque solo sea unos segundos, el paraíso y tener que reingresar en la rutina diaria, en ese barro anímico que acostumbra a envolvernos cuando nos han tapado las salidas.
Disfruté con el eclipse. No solo por la maravilla de todos sus rasgos, sino también por ver cómo los pueblos se han llenado de gente, de sentir como propios sus reencuentros con su tierra, sus nuevos abrazos emocionantes a sus raíces. Y observar, o intuir, cómo han tratado de trasmitir esas sensaciones a sus hijos, a sus nietos, a los amigos que les han acompañado. Vamos al Teso Tal o al Monte Cual, que allí tenía mi padre una tierra y está en alto, un sitio ideal para ver el eclipse. Y lo aseguraba con el máximo orgullo, con una demostración de que aún conservaba añoranzas de un ayer que se fue, pero que el eclipse ha sido capaz de recuperar. ¿Qué pensara esta gente en una tierra de emigrantes como Zamora, cuando la próxima semana o ya en septiembre tengan que coger el coche y carretera y manta? Todos los años es duro (para los que se van y para los que nos quedamos), pero este 2026 infinitamente más.
Por eso, y vuelvo al titular, hay que pedir que el eclipse nuestro de cada día nos lo den hoy, mañana y, como dicen por mi tierra, desotro día. Un eclipse continuo y constante que nos haga olvidar otro eclipse, este sí, diario, lacerante y perjudicial. Y ya que no hemos sido capaces, al menos de momento, de aprovechar las habilidades y la experiencia de Víctor de Aldama (ex presidente del Zamora y ex cónsul de Georgia aquí), no dejemos pasar ahora la ocasión de sacar tajada de lo que nos ha regalado el eclipse. Se admiten ideas.
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