Opinión
Días de verano
Los días de verano son también como el día del cumpleaños de uno. El tiempo de la pausa es la oportunidad para hacer pasar por el corazón aquellos momentos que marcan nuestra vida y contestar

Dos jóvenes pasean en vernao / Ferran Nadeu
Es curiosa esta sociedad en la que vivimos; de pronto el calendario astronómico nos obsequia con un fenómeno natural extraordinario y muchos, o casi todos, hacemos el hueco en nuestro tiempo para encontrar el momento, parar, observar, admirar y meditarlo.
Seguramente eso es lo que a muchos nos ha ocurrido con el eclipse del pasado miércoles. Un fenómeno de naturaleza pura, que encontró -insisto- nuestro tiempo. Un fenómeno que suscita a su vez la pregunta de ¿cuánto tiempo dedicamos a encontrar ese momento, con la naturaleza o sin ella de por medio, para pararnos, observar, admirarnos, meditar y concluir por donde va nuestra vida?
Lejos de ser una cuestión egoísta, para el cristiano debe ser una cuestión fundamental. Porque ese tiempo está directamente relacionado con nuestra búsqueda de Dios que, precisamente, si dejamos que la naturaleza ocupe el escenario de ese tiempo favorece el encuentro con Dios, favorece el dejarnos mirar por Dios, favorece el contestar a las preguntas que se salen de la rutina y cuyas respuestas están encaminadas a marcarla.
Y en estos días de verano cuando, por regla general, la ocupación rutinaria afloja, deberíamos de aprovechar para encontrar ese tiempo de paz, en playas o montañas, en bosques o ríos, tiempo que nos haga separarnos por unos minutos de la vorágine ociosa que cada vez llena más unas vacaciones.
Encontrado ese tiempo en medio del verano, más allá de las respuestas para todas las circunstancias particulares de la vida, concluyamos que es tiempo para agradecer los dones que llenan nuestro existir. Para encontrar aquellas cosas que son sombras en nuestra vida y para plantear aquella acción de luz que nos permita retomar el pulso del vuelo ordinario a la vuelta de los días de verano. Tiempo de enterrar miedos, soltando lastre para plantearnos y perseguir nuevos retos y nuevos sueños.
Uno de los errores que encima cometemos los adultos en este tiempo, es que favorecemos que sean nuestros hijos o los chavales de nuestro entorno los que tengan estos momentos en múltiples experiencias de verano que se preparan para el estío. Favorecemos que vayan ellos, cierto es que, a veces, para quitárnoslos de encima porque sus vacaciones (más amplias) entorpecen nuestra rutina, y somos los adultos los que no nos atrevemos a coger esas experiencias tan necesarias como se puede ver.
Los días de verano son también como el día del cumpleaños de uno. El tiempo de la pausa es la oportunidad para hacer pasar por el corazón aquellos momentos que marcan nuestra vida y contestar, partiendo de ahí, la pregunta de cómo vivimos nuestra vida y el papel que juega Dios en ella. Mi deseo es que aproveches estos días de verano sea cual sea la situación. Aprovecha el descanso y aprende que el tiempo que dedicamos para uno mismo siempre será un tiempo bien empleado. Feliz verano. O lo queda de él.
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