Opinión

Escritora y gestora cultural
Renacer
Comprendo que he llegado al lugar donde confluyen todos los caminos de mi existencia

Renacer / Ilustración creada con IA
A veces me siento crucificada, atada de pies y manos, incapaz de moverme. Otras, sin embargo, sucede lo contrario: de mi cuerpo brotan alas, alas con los colores de las aves más exóticas, y me siento liviana, frágil, sin el peso de la materia que me retenga sobre la tierra.
Es entonces cuando soy plenamente yo y mi circunstancia. La vida me invita a respirar el aire que me envuelve y siento cómo me lleno de pétalos de flores multicolores. Cubren mi cuerpo, perfuman mi piel y me devuelven a aquella niña que fui, cuando apenas era consciente de su cuerpo porque nada pesaba y todo era hermoso.
He pasado unos días en los paisajes de mi infancia. He recorrido los caminos pedregosos bordeados de zarzales que me ofrecían, generosos, el dulzor de sus moras. A cada paso me detenía para recoger una. Cerraba los ojos y el tiempo retrocedía. Y, ¡oh, milagro!, reaparecían intactos el asombro, el candor y la inocencia.
También me he detenido junto a los pequeños hormigueros para contemplar la incesante labor de las hormigas. Me fascinan esos diminutos montículos que levantan con una paciencia infinita. Van y vienen. Se cruzan sin molestarse. Cada una conoce su cometido y lo cumple con una perfección silenciosa que consigue dejar mi mirada suspendida en la admiración.
La vida me invita a respirar el aire que me envuelve y siento cómo me lleno de pétalos de flores multicolores
Continúo mi caminar mientras el aire se impregna de tomillo, de jara, de verano y de tierra seca, polvorienta, misteriosa. Ante mí aparecen las rocas que alimentaron mi imaginación de niña: enormes tortugas inmóviles en silenciosa procesión; peñascos abiertos por profundas cicatrices que permanecen desafiando al tiempo. Los terremotos modelaron este paisaje remoto, pero también la mano del hombre escribió sobre él su propia historia.
Poco a poco mi mente se libera de ataduras y convencionalismos. Hasta mi propio cuerpo parece desprenderse de mí y caminar a mi lado, sin abandonarme, pero sin imponerse. Entonces percibo aquello que normalmente permanece oculto. Comprendo que he llegado al lugar donde confluyen todos los caminos de mi existencia. Aquí el desasosiego se disuelve y todo encuentra su destino, como ese tren que anuncia con un largo silbido la llegada a la estación antes de detenerse definitivamente.
He pasado unos días en el lugar donde las noches se cubren de estrellas que velan mis sueños mientras los grillos rompen el silencio con su música inconfundible. Tengo la sensación de que aquellos grillos que escuchaba de niña nunca dejaron de cantar; de que han permanecido aquí, año tras año, aguardando mi regreso.
Esta tierra es firme y serena. Compacta y luminosa. Acogedora y ligera al mismo tiempo. Regala un aire tan limpio que las llagas del alma comienzan a cerrarse lentamente, igual que las heridas cicatrizan con el paso de los años hasta que la piel recupera su claridad primera.
Todas estas sensaciones, tan sencillas y tan al alcance de cualquiera, me llevan a pensar en el ser humano y en la inmensa fuerza que habita en su interior para reconducir un mundo perdido entre la incertidumbre, el egoísmo, la violencia y la destrucción.
El ser humano nace comprometido con la Naturaleza, con la Madre Tierra, pero, sobre todo, consigo mismo. Su mayor responsabilidad consiste en no perder jamás la inocencia; en seguir contemplando el mundo con la capacidad de asombro de un niño y agradecer cuanto Dios depositó en él.
Solo entonces volverá a abrirse, para todos, un horizonte de esperanza.
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