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Opinión | Cartas

Teatro de mar y cielo

Desde tierra firme se distinguen formas llenas de vida a ambos lados de esa frontera invisible

Cartas

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Hoy ha amanecido un día gris. En el horizonte, la línea que separa el cielo del mar se contempla recta y uniforme, sin alteraciones. La tonalidad del agua adquiere un azul plomizo por el reflejo de las nubes que dominan el firmamento.

Desde tierra firme se distinguen formas llenas de vida a ambos lados de esa frontera invisible. Arriba, las aves cruzan sus vuelos con la maestría que les otorga el batir de sus alas en su empeño por vivir. Abajo, las embarcaciones dibujan su contorno sin complejos y dejan su estela trazando rumbos diversos, mientras bajo la superficie imagino a los animales marinos nadando con la placidez de su medio natural, ajenos a nuestros complejos laberintos mentales.

Por suerte, desde mi atalaya se suma una música casi celestial: el canto melódico de las aves que por aquí cerca vuelan y anidan.

Y finalmente, la mayor de las maravillas: el mar que, en alianza con los fenómenos atmosféricos, nos despliega una exposición sublime de su carácter y hermosura. Al estilo de una gran obra de teatro, hoy nos representa su estado de ánimo.

Solo falta —o quizás sobre— materializar esta conjunción de fuerzas para otorgarle, bajo la batuta de cualquier academia de Artes o Ciencias, su merecido galardón. Por ponerle un necesario toque humanista.

Jesús Sánchez-Ajofrín Reverte

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