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Opinión

La conquista de Sanabria

"Desde la primera vez que caminé por esta comarca, he acudido, llamado por una voz interior, a la Sanabria en silencio, la de los que están aquí y son los únicos que están"

Lago de Sanabria

Lago de Sanabria / J.N.

No se inquiete el lector que no le voy a hablar de episodios bélicos, y eso que no le faltaron, desde dentro y desde fuera, a esta tierra de La Raya, que bastante violencia soportamos a diario como para entrar en esos temas. La conquista a la que me refiero tiene que ver con la sensación que vivimos cuando estamos intentando lograr el amor de alguien, esa cerrazón del estómago, esa agitación interior e hiperactividad exterior, esas mariposas que dicen algunos, ese sentir que no hay nada ni nadie más allá de la atracción a la que hemos sucumbido ante una presencia sobre la que proyectamos todos los deseos y a la que consideramos centro de nuestra existencia. Nada parece haber existido antes de nuestro encuentro y nada es posible que exista más allá de este universo que nos ha robado el alma y que, casi sin darnos cuenta, se ha convertido en nuestro alfa y omega, el principio y fin de cada día.

Tendría que hacer un enorme esfuerzo de memoria para saber cuándo fue la primera vez que pisé la tierra de Sanabria. Sí recuerdo, cómo no, que mi querido Manuel Mostaza, senabrés donde los haya, fue mi detallista cicerone. Desde entonces, como si estuviese cumpliendo una liturgia impresa en mi interior, he vuelto a esta comarca y siempre lo he hecho cuando no hay festividades ni vacaciones, cuando el exilio interior, "esos jóvenes emigrando del pasado", que canta el grupo burgalés La M.O.D.A., regresa para encontrarse con sus raíces, ni cuando los foráneos se acercan a conocer verdaderamente Sanabria, o, torpemente, solo a hacerse un selfi para contar que han estado donde, sin embargo, no han sido.

Desde la primera vez que caminé por esta comarca, he acudido, llamado por una voz interior, a la Sanabria en silencio, la de los que están aquí y son los únicos que están; a la Sanabria que, como una amante impenitente, extiende su cuerpo para acogerme, para recibirme como si nunca me hubiese ido, para contarme sin decir palabra que cada regreso será como la primera vez, porque el tiempo se ha detenido para que, igual que la cadencia de un péndulo, las sensaciones se desplieguen para envolverme, cobijarme y recordarme que siempre hay que volver donde se ha sido feliz, por mucho que dijeran lo contrario el poeta Félix Grande y le siguiera Joaquín Sabina; pero los genios no tienen por qué tener razón siempre, por muy poéticos y sentenciosos que se pongan.

Así que regresaré a ti, amada Sanabria, tan tuya que eso mismo te hace tan mía, tan mi refugio para compartir contigo lo bueno y escucharte cuando la baraja no ha dado buenas cartas en la partida de la vida. Y lo haré para sentir que, cuando vislumbro en la lejanía el castillo de Puebla, a sus pies me esperan las gentes de Vigo, Santa Colomba, San Juan, Trefacio, El Puente, Galende, Cubelo…Y, sobre todo, me espera la piel seductora de Sanabria, perfumada de olor a pasto, de humo de leña crepitando para que una casa sea un hogar, y el sonido del hierro de las esquilas del ganado esparcido por los montes y el murmullo de mar de su Lago, que así se sueña en su remanso señorial. Y me espera la paz de pasear las calles y plazas de sus pueblos, delineadas por piedras por cuyas cicatrices rezuma lo vivido.

Y todo estará presidido por ese cielo que confirma que Sanabria, si no existiese, habría que inventarla. Pero existe, así que volveré cuando los castaños anuncien el magosto y las gentes se dispongan a apañar el fruto amamantado dentro de los pellizos. Y lo haré para escuchar tu susurro de que siempre estás tan cerca como un sueño que se toca con las manos y que nunca en tu seno uno es un extranjero si se deja embriagar por tus palabras de silencio y arropar por el aroma de quien se sabe dueña de su pasado, serena en su presente e inspiradora para su futuro.

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