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Opinión | Zamoreando

Periodismo de plató

Para la élite, las crisis nacionales son solo temas de debate o problemas ajenos que se olvidan fácilmente al calor de una recepción diplomática.

Nacho Abad en 'En boca de todos'

Nacho Abad en 'En boca de todos' / CUATRO

La Fiesta del Trono de la Embajada de Marruecos en Madrid coincidió con la grave crisis migratoria en Ceuta, generando gran polémica por la asistencia de figuras del mundo de la política, ministros del Gobierno, miembros de la aristocracia y periodistas. No querían perderse la convocatoria de la embajadora marroquí, Karima Benyaich, que fue la organizadora de la recepción en un palacete de Puerta de Hierro.

Entre los periodistas asistentes, el histórico director Juan Luis Cebrián y Nacho Abad, presentador del programa de televisión "En boca de todos". Precisamente su presencia ha sido la más comentada, y no para bien, debido a su línea editorial crítica con la gestión migratoria. Eso sucedía por la mañana. Por la tarde el periodista, acompañado de su mujer, acudía al festejo mostrando claramente un doble rasero entre su discurso público, cara a la galería, y su asistencia a un evento relacionado con su actitud delante de las cámaras. La sumisión VIP ha sido vergonzosa.

De los ministros no cabía esperar otra cosa. El socialismo en España está supeditado a la dictadura marroquí, pero de periodistas como Nacho Abad. ¡Que decepción! Sin duda, el caso más flagrante de la hipocresía mediática que se vivió, y que unos cuantos disfrutaron, lo encarna Nacho Abad. El presentador, que diariamente capitaliza el descontento social y llena horas de televisión con discursos duros sobre la seguridad y la gestión de la inmigración, no tuvo reparos en cruzar la puerta de la delegación alauita del brazo de su esposa. Para Abad, parece que la firmeza editorial se apaga cuando llega una invitación VIP. La misma inmigración descontrolada que analiza con tono de alarma en sus programas pasó a un segundo plano ante el brillo del cóctel diplomático.

Esta alarmante incoherencia deja al descubierto el verdadero rostro de ciertas figuras mediáticas: feroces críticos ante el micrófono para ganar audiencia, pero complacientes y sumisos en los salones del poder extranjero cuando se apagan las cámaras. La Fiesta del Trono no fue solo un evento social; fue un retrato de la claudicación. Mientras los teléfonos móviles de los asistentes echaban humo con las imágenes de la llegada masiva de migrantes a las costas españolas, los canapés y el champán se sucedían sin fin. Es preocupante la desconexión que sufren algunos de nuestros políticos. Para la élite, las crisis nacionales son solo temas de debate o problemas ajenos que se olvidan fácilmente al calor de una recepción diplomática.

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