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Opinión | Editorial

Antes y después de las llamas

Zamora no puede impedir los incendios estivales, pero sí puede prevenirlos, limitar su alcance y reparar con rapidez los daños que provocan

Territorio calcinado por el incendio de Fermoselle

Territorio calcinado por el incendio de Fermoselle / José Luis Fernández

Otro verano, otro gran incendio y otra herida abierta en el territorio zamorano. Esta vez las llamas han golpeado Fermoselle y el corazón de los Arribes, obligando a evacuar a un millar vecinos y dejando de nuevo a la provincia frente a una realidad dolorosa pero ineludible: los fuegos forestales, cada vez más difíciles de contener, van a repetirse en época estival y hay que estar preparados.

El retroceso de la actividad agrícola en buena parte del mapa provincial y el abandono del pastoreo tradicional han favorecido el crecimiento descontrolado del monte y la acumulación de combustible vegetal. A este escenario se le añade el cambio climático: los veranos cada vez empiezan antes y las olas de calor son más intensas, lo que prolonga los periodos de riesgo. Dos fenómenos que juntos forman un cóctel explosivo y favorecen fuegos cada vez más difíciles de apagar: el de Fermoselle en sus primeras horas, cuando se prendió en el cañón del Tormes, era "inabordable", en palabras de los propios trabajadores del operativo de extinción. La frase tantas veces repetida de que los incendios de verano se apagan en invierno encierra una verdad que no se puede ignorar. La limpieza de montes, la conservación de cortafuegos y caminos rurales y el apoyo a la ganadería extensiva deben planificarse durante todo el año. Cuando llegan el calor extremo, la sequía y el viento, el margen de actuación se reduce drásticamente: entonces solo queda combatir unas llamas cuya intensidad depende, en buena medida, de todo lo que se hizo —o se dejó de hacer— durante los meses anteriores.

La Diputación de Zamora centra sus esfuerzos en proteger los cascos urbanos con una inversión de tres millones de euros para crear anillos de seguridad alrededor de los pueblos, que separen el monte de las casas, y la colaboración entre la institución provincial y la Junta de Castilla y León mediante el Plan Montiel ha permitido la contratación de desempleados para crear nuevas cuadrillas de desbroce, que se suman a otros refuerzos desplegados a través de Somacyl. Son medidas necesarias y bien encaminadas, pero habrá que profundizar en una tarea compleja y de enorme dimensión: la provincia cuenta con más de 500 pequeñas localidades, muchas de ellas rodeadas de una vegetación que exige mantenimiento constante y sostenido cada año. A esta dificultad se añade el hecho de que muchas de las fincas que se necesita desbrozar son de titularidad privada: la prevención requiere que todos asuman su parte de responsabilidad, tanto las instituciones públicas como los particulares. Aunque la propiedad del terreno a menudo está muy atomizada, ello no exime del cumplimiento de la normativa.

Pero más allá del cambio climático y del crecimiento de vegetación donde antes no la había, existe otra realidad que no se debe obviar: detrás de la mayoría de incendios está la mano del hombre, que a veces por irresponsabilidad y otras de forma intencionada empieza fuegos que pueden tener consecuencias fatales. En el caso de los Arribes, la Junta de Castilla y León apunta a una posible negligencia como origen del desastre; y cabe recordar que en Sanabria se detuvo hace menos de un mes a dos hombres investigados como supuestos autores de 15 conatos en los alrededores de San Ciprián de Hermisende, algunos muy cercanos al casco urbano y que pudieron haber causado daños humanos muy graves. La prevención también consiste en ser implacable con conductas que convierten cualquier descuido o acto intencionado en una amenaza de enorme magnitud. Frente al fuego provocado por la acción humana, no caben ni el encubrimiento, ni la impunidad: hacen falta penas ejemplares, una respuesta judicial eficaz y una conciencia colectiva mucho más firme sobre las consecuencias irreparables que puede desencadenar una sola chispa.

Por último, la sociedad y los poderes públicos no deben olvidar a los damnificados por el fuego: tres familias han visto arder sus viviendas y decenas de ganaderos han perdido los pastos que sustentaban a sus animales, cuando no directamente a la cabaña entera. La respuesta de los vecinos de Bermillo con los evacuados fue ejemplar, pero la solidaridad no puede apagarse con el tiempo. Ya se han recibido los primeros cargamentos de forraje de donantes privados y de la Consejería de Agricultura, y también el Gobierno regional ha dado respuesta incluyendo a 16 municipios sayagueses en el plan de ayudas para municipios que han sufrido grandes incendios; ahora solo queda que el dinero llegue pronto y en cantidades generosas. Por parte de la administración estatal cabe esperar que la comarca sea declarada "zona gravemente afectada por emergencias de protección civil", como ha hecho con los territorios recientemente quemados en la provincia de Ávila, lo que permitiría agilizar trámites burocráticos y el acceso a ayudas estatales; tanto la peligrosidad del incendio de Fermoselle como el gran número de vecinos perjudicados lo justifican.

Zamora no puede impedir que cada verano haya incendios, pero sí puede prevenirlos, limitar su alcance y reparar con rapidez los daños que provocan. Para ello hacen falta planificación continua, responsabilidad individual, firmeza frente a los incendiarios y apoyo sostenido a quienes lo pierden todo. Prepararse para el próximo fuego no es resignarse a que ocurra, sino asumir que proteger el territorio exige actuar mucho antes de que aparezcan las llamas, y también después.

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