Opinión | Cuzeando en la ciencia
¿Puede un sistema soportarlo todo?
Todo sistema tiene límites. La física no negocia con ellos. La naturaleza tampoco. Quizá la política debería empezar a respetarlos con la misma humildad.

Varios migrantes, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta (España). Tras la crisis migratoria desatada el pasado jueves 30 de julio, el flujo de personas cruzando a nado desde Marruecos a Ceuta ha finalmente cesado durante la mañana de este sábado. El movimiento / Marcos Moreno - Europa Press
Hay una idea que la ciencia nos enseña desde hace siglos y que, sin embargo, a menudo olvidamos cuando hablamos de política. Ningún sistema puede crecer indefinidamente. No ocurre en la naturaleza. No ocurre en la ingeniería. No ocurre en la física. Tampoco ocurre en una sociedad.
Los científicos utilizan un concepto sencillo para explicarlo. Lo llaman capacidad de carga. Es el límite a partir del cual un sistema deja de poder absorber nuevos elementos sin empezar a deteriorarse.
Un bosque solo puede alimentar un determinado número de animales. Un embalse solo puede almacenar un volumen concreto de agua antes de desbordarse. Un puente soporta una carga máxima. Un circuito eléctrico tiene una intensidad límite. Incluso nuestro propio cuerpo mantiene constantes como la temperatura o la presión arterial dentro de unos márgenes muy estrechos. Cuando esos límites se superan, aparecen los problemas. No es ideología. Es ciencia.
Estos días hemos vuelto a comprobarlo con la crisis migratoria vivida en Ceuta. En muy poco tiempo, la ciudad ha tenido que afrontar la llegada masiva de inmigrantes irregulares, entre ellos miles de menores. La discusión política puede ser legítima. Lo que resulta mucho más difícil de entender es que alguien pretenda considerar normal un fenómeno de esta magnitud. Cuando un sistema supera de forma brusca su capacidad de carga, la normalidad deja de existir.
Controlar una frontera no es un capricho ideológico. Es una de las funciones más básicas de cualquier país. Igual que una presa regula el paso del agua o un aeropuerto controla quién entra en sus instalaciones, las fronteras existen para ordenar los flujos de entrada y garantizar la seguridad jurídica, la convivencia y el funcionamiento de los servicios públicos.
Por eso sorprende que, mientras buena parte de Europa ha endurecido en los últimos años su discurso sobre la protección de las fronteras exteriores y la lucha contra la inmigración irregular, en España siga dando la impresión de que cualquier intento de hablar de control fronterizo debe hacerse casi pidiendo perdón.
Existe una idea profundamente arraigada en nuestra cultura que, además, coincide con lo que llevan décadas mostrando la psicología y la sociología. Siempre que sea posible y no exista una situación de riesgo, el mejor lugar para un niño es junto a su familia. Crecer acompañado por sus padres no es únicamente un valor cultural. Es, en la inmensa mayoría de los casos, el entorno que ofrece mayor estabilidad emocional y afectiva. Que miles de menores emprendan solos un viaje de estas características no puede interpretarse como un éxito de nadie. Es la evidencia de que algo ha fallado mucho antes de que alcanzaran nuestras costas.
Precisamente porque la situación es excepcional, también cabe esperar respuestas excepcionales. En cualquier sistema complejo existe una regla básica. Cuando aparece una anomalía importante, quien está al frente comparece, explica qué está ocurriendo y transmite un plan para recuperar el equilibrio. Lo hace el director de una central eléctrica, el responsable de un hospital o el piloto de un avión cuando surge un problema inesperado. El liderazgo consiste, entre otras cosas, en estar presente cuando las circunstancias dejan de ser normales.
La ciencia nos recuerda otra lección interesante. Los sistemas rara vez se rompen por un único acontecimiento. Lo hacen cuando se ignoran durante demasiado tiempo las señales de alarma. Un puente no se desploma por el último vehículo que lo cruza. Se desploma porque, durante años, nadie quiso reparar las grietas.
Conviene no olvidarlo. Hablar de fronteras no es hablar contra nadie. Hablar de capacidad de acogida no es renunciar a la solidaridad. Hablar de orden no es incompatible con la humanidad. Es, simplemente, reconocer una realidad que la ciencia conoce muy bien.
Todo sistema tiene límites. La física no negocia con ellos. La naturaleza tampoco. Quizá la política debería empezar a respetarlos con la misma humildad.
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