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Opinión | Zamoreando

La guayabera

La primera vez que vi en mi vida una guayabera, siendo muy niña, fue en Guinea Ecuatorial. Cuando no vestía uniforme, mi papá optaba por esta prenda de vestir, de un blanco impoluto y una elegancia que trasciende los tiempos.

Susanna Griso y Luis Enríquez se casan en La Gavina

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La primera vez que vi en mi vida una guayabera, siendo muy niña, fue en Guinea Ecuatorial. Cuando no vestía uniforme, mi papá optaba por esta prenda de vestir, de un blanco impoluto y una elegancia que trasciende los tiempos. Nunca ha dejado de llevarse aunque sea más propia de otras latitudes. Una guayabera fue la prenda elegida por Luis Enríquez, en su reciente boda con Susanna Griso, devolviéndola a la más plena actualidad. Me encantó.

La guayabera es una camisa única. ¿Cómo lo diría yo?, hay prendas de vestir que son solo tela y costuras, y luego está la guayabera, un lienzo de historia que huele a trópico, a brisa marina, a caña de azúcar y atardeceres caribeños. Por si alguien alberga dudas sobre su origen es bueno recordar que nació en los albores del siglo XVIII, a la vera del río Yayabo, en la villa cubanade Sancti Spíritus. Lo que aparta a la guayabera de cualquier camisa ordinaria es su arquitectura impecable. Grita elegancia por los cuatro costados.

El viaje de la guayabera es una hermosa paradoja social. Pasó de abrigar la piel laboriosa del campesino a vestir la solemnidad de los palacios presidenciales y las grandes cumbres diplomáticas. Jefes de Estado, poetas de la talla de Gabriel García Márquez y aventureros como Ernest Hemingway la adoptaron como su armadura de gala en los días calurosos. En el Caribe y en la península de Yucatán, es el traje de etiqueta por excelencia para bautizos, bodas y fiestas mayores. En Europa y en España, figuras de la realeza como el Rey Felipe VI han sabido importar ese hálito de distinción relajada, demostrando que la verdadera elegancia no reside en la rigidez de un sastre encorsetado, sino en la armonía entre la comodidad y el buen gusto. Representa el lujo de lo sencillo.

Llevarla bien puesta, con un pantalón en tonos tierra o arena y unos zapatos ligeros, es un recordatorio poético de que se puede ir perfectamente arreglado sin perder la sonrisa ni el frescor. La guayabera no pasa de moda porque nunca ha pertenecido a una simple tendencia pasajera; es, por derecho propio, un refugio de eternidad en el vestir masculino. Hoy en día, enfundarse en una guayabera blanca, cruda o de un azul pastel es un acto de resistencia contra la prisa del mundo moderno.

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