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Opinión

María Carrión

La frontera entre la desidia y la resiliencia

"Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha". Víctor Hugo.

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"Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha". Víctor Hugo.

En 2022, el Parque Natural de la Sierra de la Culebra perdió más de 60.000 hectáreas y cuatro vidas humanas. En 2025, los incendios en Molezuelas de la Carballeda arrasaron otras 40.000 hectáreas, con dos fallecidos, además de las 6.000 hectáreas devastadas en el Parque Natural del Lago de Sanabria, la Sierra Segundera y Porto.

Solo en nuestra provincia, desde 2022, el fuego ha consumido más de 116.000 hectáreas. Una cifra tan descomunal exigía políticas de prevención urgentes y sostenidas. Sin embargo, llegaron el otoño, el invierno y una primavera marcada por la campaña electoral, en la que la protección de nuestros montes quedó relegada, como si hubiera asuntos más importantes que salvaguardar el patrimonio natural.

Tras una primavera lluviosa, una vegetación exuberante y un verano de temperaturas extremas, el escenario volvió a ser propicio para el desastre. El fuego regresó a uno de los enclaves más singulares de la geografía zamorana: los Arribes del Duero.

Ese paraíso natural que es refugio, descanso y equilibrio. Donde el silencio se escucha entre los cortados, en el vuelo del alimoche, en el planeo del buitre leonado, en el rumor del Duero marcando un ritmo distinto al del resto del mundo. Ese ecosistema que nos recarga de energía y nos recuerda quiénes somos.

Los incendios no son una fatalidad inevitable, son la consecuencia directa de políticas insuficientes y de una sociedad que ha dejado de mirar al campo. Cada verano, las llamas encuentran el terreno perfecto: biomasa seca, ausencia de limpieza, infraestructuras obsoletas y pueblos cada vez más vacíos, sin manos para defender lo que queda.

La desidia social es tan peligrosa como el fuego. Hemos perdido la cultura de la prevención, la responsabilidad compartida, el vínculo cotidiano con la naturaleza. Y mientras tanto, la Tierra sigue hablando, en cada brote que renace, en cada cigüeña negra, garza o milano que busca un nido desaparecido, en cada ciervo que busca su grupo, en cada abeja que busca su flor. En las rocas ennegrecidas, en las encinas, en los olivos, en esas sabinas tan nuestras, que volverán a florecer.

El Día de la Sobrecapacidad, el momento en que la humanidad consume más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año, llegó a finales de julio. Y justo el día anterior comenzaron los incendios en los Arribes. Dos señales simultáneas, dos avisos inequívocos: el planeta está exhausto, y los Arribes necesitan cuidado urgente.

Consumimos más recursos de los que la Tierra puede reponer. Para sostener nuestro estilo de vida harían falta tres planetas, que no existen. Solo tenemos este, y lo estamos empujando más allá de sus límites.

Cuando el planeta se sobrecarga, los territorios se vuelven frágiles. Este desequilibrio global se refleja en emisiones desbordadas, una deforestación acelerada, una sobreexplotación hídrica y un sistema alimentario insostenible que provoca pérdida masiva de biodiversidad, mientras desperdiciamos cerca del 40% de los alimentos producidos.

La gestión forestal en los Arribes necesita una transformación profunda. No basta con limpiar unos pocos caminos ni con anunciar planes que nunca se ejecutan. Este territorio exige una estrategia seria, continua y adaptada a su complejidad ecológica. Y, sobre todo, exige reforestación con criterio. No podemos seguir repoblando con eucaliptos o pinares resinosos que arden como papel, que crecen rápido para satisfacer la rentabilidad industrial, pero dejan un suelo exhausto y un paisaje convertido en un monocultivo ecológicamente estéril.

Las especies foráneas de crecimiento acelerado consumen ingentes cantidades de agua, empobrecen el suelo y rompen el equilibrio natural. En cambio, las especies autóctonas —encinas, alcornoques, robles— retienen mejor la humedad, frenan la propagación del fuego y reconstruyen el hábitat completo para la fauna local.

La vegetación nativa regula el ciclo hídrico, sostiene la cadena trófica y devuelve al territorio su identidad ecológica.

La reforestación no puede ser una operación contable, debe ser un acto de responsabilidad, de cuidado hacia lo propio y hacia lo compartido.

Los ciudadanos tenemos un papel esencial, no convertir los bosques en vertederos, no abandonar colillas, latas o plásticos, respetar las normas básicas de convivencia con el ecosistema. Comprender que la naturaleza nos presta su espacio para disfrutarlo. Los Arribes no son solo un paisaje, es un organismo vivo que requiere atención constante.

La responsabilidad ciudadana implica participar en iniciativas de conservación, exigir a nuestros representantes políticas eficaces y transparentes, apoyar a los pueblos que sostienen el territorio, educar en prevención y compromiso.

Los Arribes del Duero no necesitan solo admiración, necesitan exigencia, necesitan que quienes amamos este paraíso alcemos la voz, que dejemos de aceptar la negligencia como inevitable y reclamemos políticas valientes, recursos suficientes y una gestión forestal moderna.

Cuando volvamos a caminar entre troncos calcinados, piedras negras y restos sin vida, sentiremos rabia, porque sabemos que la destrucción era evitable.

Pero también veremos esperanza. Incluso en las zonas quemadas, la vida insiste: brotes verdes, insectos que regresan, aves que buscan nuevos espacios. La resiliencia ecológica siempre encuentra un camino. La naturaleza nos habla, ya es hora de que empecemos a escucharla, antes de que sea demasiado tarde.

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