Opinión
La otra cara del campeonato mundial de fútbol
Pues eso, que una cosa es el mérito de ganar un trofeo deportivo, por muy importante que este sea, y otra muy distinta aprovecharse de ello para otros fines.

MADRID, 20/07/2026.- Los jugadores de la selección española durante la celebración este lunes en la plaza de Cibeles de la conquista del Mundial 2026 por parte del combinado español. EFE/Sergio Pérez / SERGIO PEREZ / EFE
Han transcurrido más de cuatrocientos años desde que se publicó "Hamlet", la tragedia más señera de Shakespeare, donde el centinela del castillo, Marcellus, decía aquello de que "algo huele a podrido en Dinamarca". Desde entonces no ha dejado de oler a podrido, en Dinamarca y en cualquier lugar del mundo donde haya llegado a poner los pies el ser humano. También, posiblemente, en el reciente "Campeonato Mundial de Fútbol" celebrado en México, EE UU y Canadá, que ha terminado con la muy merecida victoria de España. Y no solo puede oler mal por ciertas manipulaciones que pudieron alterar algunos resultados, como pudo ser el caso de la intervención del presidente de los EEUU para que la FIFA le quitara la penalización que conllevaba la expulsión de uno de los jugadores norteamericanos al haber incumplido determinada norma de juego, sino también por algunas otras decisiones arbitrales más disimuladas y sutiles.
En aquel campeonato, además del prestigio que suelen dar los resultados positivos, también se jugaban importantes resultados económicos. De hecho, el Sr. Trump ha pedido al Sr. Infantino (presidente de la FIFA) que le ofrezca otro "Mundial", de manera exclusiva, lo antes posible. Y no se sabe bien si para incentivar o no tal operación el presidente americano ha adelantado que va a proponer al presidente de la FIFA para ocupar la presidencia de las Naciones Unidas (ONU).
El resultado económico de este campeonato, para la FIFA, según las cifras barajadas en distintos medios, vendría a ofrecer unos ingresos de nueve mil millones de dólares (equivalente al presupuesto del Ayuntamiento de Zamora durante cien años) y de trece mil millones, considerando los cuatro años que abarca el periodo de tiempo transcurrido desde el campeonato anterior. Si se le descontaran los dos mil millones que habría podido suponer la organización del evento y los mil millones de los premios repartidos entre los participantes (España, como campeona, se llevaría cincuenta millones) el resultado final habría sido de un beneficio bruto de seis mil millones de dólares.
Todo ello se habría conseguido contando la FIFA con una plantilla de mil empleados a jornada completa. De manera que el ratio correspondiente a la facturación por empleado y año habría sido superior a los tres millones de dólares.
Comparemos este ratio con el de importantes empresas españolas, europeas y norteamericanas. Según los datos publicados, de manera sorprendente, en el caso de empresas españolas, como el Banco de Santander o la constructora ACS, el ratio estaría muy alejado del de la FIFA. En mayor grado sucedería en empresas europeas tales como la Renault, y otro tanto de lo mismo en empresas norteamericanas como Amazon, Tesla, Disney, o la banca GP Morgan. Porque, por mucho que algunas estén dirigidas por los genios de los negocios Elon Musk y Jeff Bezos, ese ratio oscilaría entre los doscientos mil y los setecientos mil dólares.
Sirvan estos datos como síntoma de la magnitud económica de lo que viene a suponer la FIFA, un ente que, formalmente, es una asociación civil sin ánimo de lucro, equiparable a cualquier oenegé, que goza de los correspondientes beneficios fiscales. La FIFA, creada bajo las leyes suizas, tiene su domicilio en Zúrich y está formada por seis confederaciones (Una de ellas, la que corresponde a Europa, es la UEFA) y cuenta con doscientas once asociaciones nacionales.
No viene a ser muy estimulante observar que la alta dirección de la FIFA, anterior a la actual, haya llegado a ser protagonista del llamado "FIFA Gate", un caso en el que se vieron involucrados gran parte de sus dirigentes (cuarenta y uno según lo publicado) incluido su presidente, debido a sobornos, fraudes y blanqueo de dinero. Fue ese un escándalo sacado a la luz por el Departamento de Justicia de los EE UU en 2015, tras haber actuado antes el FBI. Ello hizo que fuera suspendido de por vida su presidente Blatter, y durante unos cuantos años Platini, a la sazón presidente de la UEFA. De manera que no es oro todo lo que reluce y que la lapidaria frase de Marcellus continúe estando de actualidad, más presente que nunca.
Podríamos preguntarnos por qué, si la realidad resulta tan deprimente, millones de personas se hayan manifestado hace unos días para celebrar la consecución de un trofeo tan preciado. También plantearnos porqué el narcisismo de los argentinos, que al perder justamente el campeonato, habiendo hecho gala sus jugadores de un comportamiento poco edificante, hayan tomado las críticas como un ataque a la nación argentina. Pero es que el fútbol es un fenómeno sociológico de amplio eco en la sociedad y eso sería objeto de otro artículo.
Ahora, solamente añadir lo que el sociólogo argentino Pablo Alabarces, en una entrevista concedida hace unos días a la BBC del Reino Unido, ha llegado a decir a este respecto: "Es imposible que veintiséis muchachos bien alimentados, cuidados, mimados, y con excelentes cuentas bancarias puedan representar a una nación y menos aún que sean símbolo de patriotismo". Pues eso, que una cosa es el mérito de ganar un trofeo deportivo, por muy importante que este sea, y otra muy distinta aprovecharse de ello para otros fines.
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