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Opinión

Manuel Mostaza Barrios

Manuel Mostaza Barrios

Sociólogo y politólogo

Volver a Sanabria cada mañana

La modernidad, la nación y la democracia liberal llegaron de la mano de los periódicos. Si algún día estos desaparecen, probablemente desaparecerán ellas también. Así que, mientras haya prensa, hay razones para el optimismo: pague por informarse, caro lector, y no pierda la esperanza.

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Conexiones online / Imagen creada con Inteligencia Artificial

"Vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí", escribe Ángela Carballino al final de San Manuel Bueno, mártir. Unamuno la redactó en el otoño de 1930, tras pasar unos días de junio en el balneario de Bouzas, a orillas del lago, y captó como pocos la melancolía de los que tuvieron que marcharse: en Madrid, confiesa la protagonista un poco más adelante, "como a nadie conocía, sentíame en terrible soledad".

Encajonada entre montañas al norte y al oeste, limitada desde hace siglos al suroeste por La Raya y abriéndose paso hasta los valles de Benavente siguiendo el curso del río Tera, la tierra sanabresa ha sido siempre zona de paso. Los primeros restos humanos documentados en la zona son de la Edad del Hierro, hace unos 2.700 años, una cultura castreña que convivió durante siglos con la incipiente romanización. Aquellos primeros pobladores compartían con gallegos, portugueses del norte, bretones e irlandeses un fondo genético común que se remonta a la gran expansión esteparia de hace 4.500 años (la cultura yamnaya), que reemplazó buena parte de los linajes masculinos de la fachada atlántica europea y que trajo consigo un idioma y unas creencias (Dyēus, como un ser supremo y padre poderoso que habita en los cielos… ¿Le suena de algo, lector?) que, de una u otra manera, siguen entre nosotros.

No sabemos si hubo ocupación humana anterior. Quizá no la hubo porque la sierra Segundera y los altos de Sanabria son zonas frías, de inviernos duros, en pendiente y con pocas terrazas fluviales que conserven sedimentos, y quedaron al margen de la ocupación preneandertal que sí se documenta en valles cercanos. O quizá es que no se ha buscado bien, porque el olvido aquí viene de lejos y se manifiesta en todo. Es como si la despoblación fuera una maldición bíblica en estas tierras: un territorio casi vacío desde el jardín del Edén.

Tampoco sabemos bien en qué momento aquellos hombres comenzaron a identificarse como sanabreses, aunque de nuevo la filología nos da algunas pistas. Quizá el formante "Sen-" provenga del preindoeuropeo y venga a significar algo así como "monte", en tanto que "-briga" tenga un sustrato celta para "castro" o "fortaleza". Así, Senabriga sería "la fortaleza en el monte" y quizá haga referencia a un primitivo castro en el alto que domina el valle del Tera, donde hoy se ubica el casco antiguo de la Puebla.

No sabemos el momento, decía, pero sí sabemos que desde hace siglos los hombres de estas tierras se veían a sí mismos, además de como cristianos y obedientes vasallos de la monarquía católica, como sanabreses de nación, es decir, nacidos en estos valles. Pero ya desde la Edad Media fue esta una "tierra para emboscados", como la definió mi querido Lauro Anta. Refugio de perseguidos, es razonable pensar que durante siglos acogió a población judía, un asunto que está aún por estudiar y al que solo en tiempos recientes se le está prestando la atención suficiente. El territorio acabó en manos de los Pimentel, la poderosa familia de origen portugués que se ligó a Castilla por el condado de Benavente, y ha sido durante siglos territorio de frontera. Una tierra lejana, periférica y aislada de muchas de las corrientes y movimientos que sacudieron al país.

La modernidad llegó en el siglo XIX y lo hizo de la mano del Estado. Su presencia comenzó a notarse después de la devastadora ocupación francesa: robaron de todo y en todos los pueblos, sin freno y sin tasa. Y no volaron el castillo de la villa porque no les dio tiempo. El Estado, digo, se hizo presente con jueces, guardias civiles, registradores, notarios, etc. También con una división provincial que aquí no se superpuso a la eclesiástica, lo que dejó a Sanabria con el pie cambiado: zamoranos para lo civil, a más de cien quilómetros de la capital, y astorganos, de facto, para la educación, a la misma distancia de la sede episcopal.

El XIX nos dejó un país rayano en el que, cuando la mortalidad comenzó a descender, empezó la emigración: primero a América, luego a los centros industriales españoles. Un territorio igual de grande que la provincia de Guipúzcoa, pero con una densidad muy inferior. Para que se haga el lector una idea, la densidad de población en Sanabria es más o menos la mitad de la que hay en las Tierras Altas de Escocia. Una tierra rural, con un sentimiento comunitario muy fuerte y un sustrato religioso que impregnaba el día a día de cada uno de los pueblos y generaba microsociedades conservadoras, como ocurría en otras comarcas castellanas. Aquí triunfó el asociacionismo católico tras décadas de peso carlista. En las polémicas elecciones de febrero de 1936, salvo en Requejo —y ligado a las obras del ferrocarril—, el triunfo de la coalición conservadora fue abrumador, con porcentajes superiores al 80 % en municipios como Cobreros, San Justo o Galende.

Fueron años convulsos, en los que la prensa fue consolidando un imaginario colectivo de identidad sanabresa entre las élites lectoras del Heraldo o El Correo a lo largo del siglo. La alfabetización se fue extendiendo entre los varones y muchos de ellos se veían, cada lunes, en el Mercado del Puente, uno de los núcleos más fascinantes de todo el noroeste español. Un pueblo creado por comerciantes en el que cada lunes del año, lloviera, nevara o insolara, se juntaban cientos de personas provenientes de la comarca para comerciar. Mi bisabuelo Pedro de Barrio primero, y mis abuelos maternos después, participaron de aquel crecimiento y siempre tenían prensa en el mostrador. Para informarse primero y para envolver las mercaderías que vendían después. Aquella Sanabria alcanzó su esplendor demográfico entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, antes de que la emigración masiva, ahora ya sí al resto de España, vaciara la comarca y esta perdiera, -se dice pronto-, más de cuatro quintas partes de su población en apenas setenta años.

La Sanabria de hoy se articula, como desde hace siglos, en torno a tres piezas: un eje transversal, la vieja calzada que recoge el Itinerario de Antonino, que discurría más o menos por donde hoy va la autovía; un único núcleo con lógicas urbanas, el Mercado; y un centro de poder, la Villa, convertida en un reclamo turístico impensable hace apenas unas décadas. Un turismo que ha transformado el territorio, pero que no ha sido la panacea con la que muchos soñaron para revertir la despoblación. En esta Sanabria es cada vez más relevante lo que el profesor Juan Andrés Blanco ha estudiado como "población vinculada": descendientes de sanabreses que no han nacido en la comarca, o que no han vivido nunca en ella, pero que se sienten afectivamente ligados al territorio. Organizan las fiestas, sostienen el consumo en verano y dan vida a los pueblos cuando llegan. Muchos de ellos consultan La Opinión cada mañana en internet y participan en grupos de mensajería ligados a su pueblo o a la comarca.

Que La Opinión nos ofrezca ahora un medio a escala comarcal enciende una luz en la oscuridad. Ofrece limpieza en la conversación, dejando atrás el lodazal de las redes sociales en el que chapoteamos; nos da esperanza a los que seguíamos guardando luto por la pérdida de El Noroeste hará unos quince años. Si ya son más los sanabreses, nativos o vinculados, que viven fuera, este digital es el formato que necesitábamos. Al papel le costaba llegar a la diáspora y solo nos acompañaba en vacaciones; ahora, gracias a La Opinión de Sanabria, muchos viajarán cada mañana a su tierra desde Sevilla, desde Salamanca, desde Barajas o desde Mallorca. Por vez primera, esa Sanabria dispersa puede leerse a sí misma a la vez, todos los días, sin esperar al verano.

La modernidad, la nación y la democracia liberal llegaron de la mano de los periódicos. Si algún día estos desaparecen, probablemente desaparecerán ellas también. Así que, mientras haya prensa, hay razones para el optimismo: pague por informarse, caro lector, y no pierda la esperanza. Mientras gente como Begoña Galache, Luis Garrido o Araceli Saavedra hagan su trabajo y vivan de él, nuestra comunidad imaginada, este pequeño país rayano que todos llevamos en el corazón, seguirá existiendo.

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