Opinión | La palabra
La gracia y el amor de Dios no se explicó, se mostró
"Dadle vosotros de comer" (Mt 14,16).

Sagrado Corazón de Jesús.
El pasado mes de junio tuvimos la ocasión de poder participar y asistir a la visita apostólica del papa León XIV a España. Durante la vigilia celebrada en Madrid la tarde del sábado 6 de junio me desbordaba la inmensidad de gente que asistía desde lugares tan distintos, no se trataba de festejar un título deportivo, ni asistir a un concierto de nivel internacional, se trataba de escuchar las palabras del santo padre.
Esta emoción, que resultaba tan desconcertante, la compartía con un amigo allí presente y él, además de invitarme a disfrutar de ese momento único, refería que todo ello era gracia y gratuidad de Dios que se derramaba sobre cada uno de nosotros en ese instante.
El pasaje del evangelio de este domingo sobre la multiplicación de los panes y los peces (Mateo 14, 13-21) ilumina perfectamente la vivencia de una multitud reunida por la fe, transformando el desborde numérico en un canal de gracia comunitaria.
Es la paradoja de la multitud entre el agobio y la comunión. El cansancio, la masa humana y el eco de miles de voces pueden, a primera vista, abrumarnos. Es una reacción natural ante los grandes números, similar al impacto físico y emocional de ver a una marea de personas congregadas, en este caso en Madrid, para escuchar al santo padre. Sin embargo, el Evangelio de Mateo nos sitúa ante una lógica diferente. Al ver a la muchedumbre, Jesús no experimenta agobio, sino una profunda compasión. En el plano social y pastoral, la masa deja de ser un número estadístico para convertirse en un cuerpo vivo. La cantidad de gente no es un obstáculo, sino el reflejo de una sed compartida de esperanza y de sentido.
Frente al desbordamiento cuantitativo que impresiona a los ojos humanos, el evangelio nos invita a mirar lo cualitativo: la gracia que se derrama individualmente en el corazón de cada peregrino. Jesús no alimenta a la masa de forma anónima; sacia a cada persona partiendo los panes a través de las manos de sus discípulos. Creo que mi amigo lo captó con cierta precisión espiritual: la verdadera magnitud del evento no se mide en el número de asistentes, sino en la capacidad de ese momento para transformarse en un encuentro íntimo y personal con Dios. La gracia no se diluye en la multitud; al contrario, se multiplica porque se comparte.
Pastoralmente, este texto de los panes y los peces es una llamada directa al compromiso social, los discípulos querían despedir a la gente para que cada uno se salvara por su cuenta en las aldeas, pero la respuesta de Jesús es un mandato vinculante: "Dadles vosotros de comer". La expresión de fe vivida en Madrid debe traducirse en un desborde de comunión y caridad en nuestros entornos cotidianos, y cuanto más si ese fin de semana celebrábamos el Corpus Christi.
La perícopa de la multiplicación de los panes y los peces nos invita a reflexionar sobre nuestra propia generosidad y disposición, a compartir lo que tenemos con los demás. Una vez más el amor de Dios no se explicó, se mostró, saciándonos en cada una de nuestras necesidades y miserias.
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