Opinión
Sobre Dios (II)
El ensayista surcoreano Byung-Chul Han propone siete claves, inspiradas en Simone Weil, para experimentar el encuentro con lo divino en un mundo mercantilizado

Sobre Dios (II)
En una columna anterior me propuse continuar comentando el luminoso y actualísimo ensayo del surcoreano, Byung-Chul Han, sobre cómo vivir hoy con sentido. Estas páginas que llevan por título Sobre Dios (ed. Paidós) se nos presentan como un sugerente diálogo entre el citado teólogo y la mística del siglo pasado, Simone Weil, de quien prácticamente se considera su alma gemela, tanto en lo intelectual como en lo espiritual.
Han quedado atrás aquellos atributos de la vieja teodicea a través de los cuales, supuestamente, Dios se revela: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia, providencia e incluso violencia. Para Chul Han tales atributos constituyen precisamente el falseamiento de la revelación divina.
Es por ello que actualiza siete "vías" —tomadas de la filósofa francesa— por las que avanzar y facilitar la experiencia del encuentro con Dios; a pesar de lo difícil que lo hace el bullicioso mercado en que hemos convertido nuestro mundo, y la misma vida de la que hemos hecho una mercancía.
La primera de esas claves es la atención profunda y productiva. Esa luz que permite ver, que es capaz de leer de forma sobrenatural lo completamente distinto, la presencia de Dios. Nada que ver, pues, con la inteligencia que, sin despreciarla, solo es útil para tareas serviles o resolución de problemas.
Le sigue la descreación como renuncia al yo creado o autorrenuncia por amor a Dios, dejando de aferrarnos a lo creado para ir más allá, para acercarnos al acto divino de la creación y, fusionados con el instante (sin preocupaciones, sin mirar hacia atrás ni hacia delante) experimentar la eternidad, el gozo de ver con los ojos de Dios.
Después se propone la teodinámica del vacío frente a la termodinámica del poder. Un vacío que ennoblece al ser ya que se trata de un desapego que no se queda nada para sí, que perdona y que se entrega hasta agotarse. Todo ello dispone al alma para la gracia de Dios. Hace que ese vacío esté más lleno que todos los llenos.
A continuación, el silencio interior, de las cosas y de los ruidos, que refleja el silencio de Dios, más poderoso que cualquier palabra. "Ni siquiera el latido de nuestro corazón rompe el silencio divino", afirma nuestro autor.
En quinto lugar, la belleza. Tiene su origen en el culto y la religión. Es "contacto" con lo que nos trasciende, aunque hoy se haya reducido al "me gusta" o a un arte del bienestar. Sin embargo, "la belleza suprema es un sacramento. Para salvar lo bello –propone Han– habría que arrebatárselo a la obligación consumista y volver a espiritualizarlo".
Restan el dolor y la inactividad que merecen una tercera y última entrega.
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