Opinión | Cuzeando en la ciencia
¿Por qué vemos estrellas fugaces en agosto?
OPINIÓN | Hay pocas cosas más propias de un agosto zamorano que salir a la calle cuando cae la noche, sentarse en un banco de la plaza o en una era a las afueras del pueblo y levantar la vista al cielo

Estrellas fugaces. / Agencias
Hay pocas cosas más propias de un agosto zamorano que salir a la calle cuando cae la noche, sentarse en un banco de la plaza o en una era a las afueras del pueblo y levantar la vista al cielo. Sin prisas. Sin pantallas. Solo esperando ese instante mágico en el que una fugaz estela de luz cruza la oscuridad y alguien, casi por tradición, pide un deseo.
Lo curioso es que, en realidad, no estamos viendo una estrella. Llevamos siglos llamándolas "estrellas fugaces", pero la ciencia nos dice que ni son estrellas ni caen del cielo. Lo que contemplamos es algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más fascinante.
La mayoría de esas luces pertenecen a la lluvia de meteoros conocida como las Perseidas, una cita casi obligada del verano que alcanza su máximo alrededor de la segunda semana de agosto.
Su nombre se debe a que, desde nuestra perspectiva, parecen surgir de la constelación de Perseo, aunque en realidad llegan desde un lugar muy distinto. Su origen está en un viejo conocido del Sistema Solar, el cometa Swift-Tuttle. Cada vez que este cometa pasa cerca del Sol deja tras de sí un auténtico rastro de diminutas partículas de roca y polvo, muchas de ellas no mayores que un grano de arena. Ese camino permanece flotando en el espacio durante décadas y, cada verano, la Tierra lo atraviesa en su viaje alrededor del Sol.
Es entonces cuando ocurre el espectáculo. Esas pequeñas partículas penetran en la atmósfera terrestre a velocidades que superan los 200.000 kilómetros por hora. A esa velocidad, el aire no tiene tiempo para apartarse. Se comprime violentamente delante de la partícula, alcanza temperaturas enormes y provoca que tanto el aire como el propio material comiencen a emitir luz. La estela luminosa apenas dura un instante, pero es suficiente para que la llamemos estrella fugaz.
Resulta sorprendente pensar que un destello capaz de emocionar a toda una familia tumbada mirando al cielo puede estar producido por una mota de polvo más pequeña que una lenteja. La física tiene esa capacidad de convertir lo diminuto en extraordinario.
Agosto es, además, el mejor momento para disfrutar de este fenómeno porque coincide con el paso de la Tierra por la zona más densa del rastro dejado por el cometa. Si la noche está despejada y nos alejamos de las luces de las ciudades, no es extraño observar decenas de meteoros en apenas una hora.
Y ahí Zamora juega con ventaja. Quienes vivimos en esta provincia quizá no seamos plenamente conscientes del tesoro que tenemos sobre nuestras cabezas. Mientras muchas zonas de Europa han perdido el cielo nocturno bajo la contaminación lumínica, buena parte de nuestros pueblos conserva todavía una oscuridad privilegiada. Basta con alejarse unos kilómetros de la capital para descubrir una Vía Láctea que parece derramarse sobre el horizonte.
No es casualidad que este mismo agosto miles de aficionados a la astronomía miren hacia nuestra tierra. El eclipse total de Sol del próximo 12 de agosto de 2026 convertirá a buena parte de la provincia de Zamora en uno de los mejores lugares de Europa para contemplar un acontecimiento que no volverá a repetirse aquí en generaciones. Y apenas unos días después, las Perseidas volverán a cruzar el cielo como llevan haciendo mucho antes de que existieran nuestros pueblos, nuestras iglesias o incluso nuestra propia especie.
Pensar en ello cambia un poco la perspectiva. Cada una de esas diminutas partículas comenzó su viaje mucho antes de que naciéramos. Ha recorrido millones de kilómetros por el espacio durante años para terminar desapareciendo sobre nuestras cabezas en apenas una fracción de segundo.
Quizá por eso las estrellas fugaces nos emocionan tanto. No solo porque sean hermosas. También porque nos recuerdan que el Universo está en constante movimiento y que nosotros, aunque a veces lo olvidemos, viajamos con él a más de 100.000 kilómetros por hora alrededor del Sol mientras contemplamos, desde una sencilla silla en un pueblo de Zamora, el final luminoso del viaje de un pequeño grano de polvo que llevaba siglos esperando este preciso instante para encontrarse con la Tierra.
Y, si después de conocer toda la ciencia que hay detrás, alguien sigue queriendo pedir un deseo cuando vea pasar una estrella fugaz, que lo haga. La física explica por qué brillan. La ilusión de contemplarlas sigue perteneciendo, afortunadamente, a cada uno de nosotros.
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