Opinión | escalera hacia el cielo
Bárbara Patricia Palmero
Alemania 2 España 0
OPINIÓN | La culpa es de esos descerebrados que, por estupidez, dinero, aburrimiento o imitación nos están achicharrando el futuro a todos

Incendio de Fermoselle. / Jose Luis Fernández
Me llaman del Hospital azul, el Provincial, para explicarme que hay mucha demora con las resonancias y que si consiento en aligerar la lista de espera haciéndome la prueba en Recoletas Zamora. De bien nacidos es ser agradecidos, así que primero he dado las gracias y después he rechazado la propuesta.
Si siempre dices que no, no te vas a casar nunca, me decían de chica y así ha sido.
Es un asunto de lealtad. Estoy en deuda con la Sanidad Pública universal de calidad y con excelentes profesionales bien pagados. No había acabado aun de dar las gracias al Sistema Público de Salud por el trato exquisito que demostraron hacia mi anciano padre durante su enfermedad y convalecencia, cuando tengo que empalmar con mi gratitud por la rapidez y el sumo cuidado durante mi operación y el post.
Siempre hay que ir con la verdad por delante, y si es con el médico mediante más todavía. Confieso que no he tomado los calmantes según prescripción médica sino a demanda, como si fueran ositos de goma. Al médico no le duele, a mí sí. Con la verdad por delante también, digo que no he pedido la baja porque no me ha dado la gana.
Primero: resulta que el Estado tiene en muy poca consideración mi tremenda valía, mi fuerza de trabajo vale cuatro perronas. Segundo: no voy a malgastar un segundo suplicando que se me gestione la baja, la dignidad y el amor propio no tienen precio. Tercero: cada día de ausencia supone dejar desamparado al compañero de faenas que debe cargar con su trabajo y con el tuyo.
Y además como canta Johny Cash, no hay operación que pueda retener mi cuerpo.
Yendo a por el pan y a trabajar con el brazo en cabestrillo me preguntan unos vecinos que si estoy cobrando la baja y trabajando al mismo tiempo. Cuando respondo que eso es un fraude, me responden que es lo que hacen todos. Y si todos se tiran a un pozo… que diría mi madre.
Gol de Alemania. No sé qué es más ruin y egoísta, si lo de que cada día cerca de 1,6 millones de españoles se escaqueen de ir a currar o lo de cobrar la baja y seguir trabajando. Pero lo que tengo claro es que en materia de proteger la Sanidad Pública que es de todos, me avergüenzo de ser española.
Prefiero el caso alemán, donde se combate la holgazanería rebajando el salario a las cigarras y bonificando a las hormigas. Miro con tristeza al cielo donde el incendio de Fermoselle, más el de Portugal y los de León, junto a los del resto de España, han provocado un horripilante eclipse antes de tiempo y me vuelvo a avergonzar de mi origen.
Segundo gol de Alemania. La Organización Mundial de la Salud advierte a España y Portugal de que los incendios forestales en la península ibérica se han incrementado en más de un cien por ciento en apenas cuatro años. Mientras que Alemania y el centro de Europa no han aumentado en nada su masa forestal calcinada.
Hemos ganado el Mundial de fútbol, presumimos de banderita colgada en los balcones, y qué. De qué carajo nos vale tanto orgullo patrio si estamos dejando que arda nuestro hermosísimo patrimonio natural. Estamos dejando que tres mercenarios y dos tontos del pueblo nos lo chisquen delante de la cara y no salimos en masa a la calle.
La culpa no es del cambio climático, de los políticos ineptos y sus recortes, ni de que en los pueblos no queden paisanos ni ovejas. Tampoco de que en el Puesto de Mando Avanzado haya más gente que en el Monegros Desert Festival, mientras que combatiendo el fuego sólo aparecen en cámara dos currantes con una manguera.
La culpa es de esos descerebrados que, por estupidez, dinero, aburrimiento o imitación nos están achicharrando el futuro a todos. Y hay solución: Vigilar y castigar. Muy a lo Michel Foucault. Cientos, miles, infinitas cámaras biométricas, más vale vivir en Stalinilandia que en un erial, que controlen e identifiquen quién sale de qué lugar, a qué hora, por qué carretera transita, en qué paraje se detiene, dónde prende, a dónde se dirige, dónde vuelve a prender y en qué momento regresa a su guarida. Y que los culpables sólo puedan abandonar el frenopático para ir el cementerio.
Todo lo demás son palabras que se lleva ese viento que agrava el horror del fuego.
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