Opinión | Le Fumoir
El desencanto

El escritor Leopoldo María Panero, enciende un cigarrillo durante durante la presentación del denominado "Festival Eñe", una actividad en la que, junto a más de setenta escritores, músicos, artistas plásticos y actores, convertirán el Círculo de Bellas Artes de Madrid en una fiesta de la palabra en castellano, en una defensa de la escritura con la letra ñ. EFE/Fernando Alvarado / Fernando Alvarado / EFE
Se cumplen cincuenta años del estreno de “El desencanto”, de Jaime Chávarri, producida e ideada por Elías Querejeta. La película es un documental sobre la familia Panero, algo a priori anodino. Nada más lejos. La he visto varias veces. El efecto es siempre el mismo. Le agarra a uno por las entrañas y no le suelta durante 97 minutos. Tiene algo de thriller freudiano. Es un filme asfixiante, sobre el que planea la desgracia desde el primer momento. Arranca con el homenaje al padre fallecido, Leopoldo, poeta oficial del franquismo, y sigue con el diálogo entre la madre, Felicidad Blanc, que a ratos es luz y a muchos, tiniebla, y los tres hijos (Leopoldo María, Juan Luis, Michi), a cuál más genial, a cuál más turbado, niños bien del Liceo Italiano que visten blazers cruzados y jerséis Shetland en vez de una camisa de fuerza. Contrariamente a lo que dijo Tolstoi, todas las familias disfuncionales se parecen, y aquellas con figuras paternas o maternas potentes y castrantes, como ocurre por ambas partes en el caso de los Panero, destruyen a sus hijos sin remisión. Recuerda en algo a los Goytisolo, cuyo desamparo tras la muerte de la madre, Julia Gay, en un bombardeo durante la guerra, desorientó vitalmente a unos hijos que sobrevivieron como pudieron a esa ausencia inaudita. La figura de Leopoldo padre es elíptica y totémica, representada simbólicamente en la película por su estatua cubierta por una lona, que más parece una mortaja, en una plaza de Astorga. La familia le debe su renombre, pero le denuestan. Confiesan que, a su muerte se sintieron, cada uno a su manera, liberados, quizá porque el carácter de los hijos encajaba más con el de una madre hasta entonces anulada por el influjo de su marido que con el de la figura severa del poeta. Se dio así rienda suelta a un complejo de Edipo reprimido, con tres hijos enamorados cada uno a su manera de una madre narcisista –la frivolidad con la que cuenta falsamente, no sin vanidad, que un pretendiente suyo, Calvert Casey, se suicidó porque le dejó plantado, es muy reveladora-, víctima a su vez del complejo de Electra con su padre, y que no conoció el afecto de su marido salvo con cuentagotas. La película es un testimonio de época y un psicoanálisis colectivo, el de unos Buddenbrook astorganos incapaces de sostener el legado o de evitar el fin de raza. Mezclan un espíritu de clase muy marcado y esnob, de burguesía intelectual de provincias, conectada con lo que quedaba en España de la Generación del 27, con una sordidez existencial que se haría físicamente patente durante la vejez de los vástagos. Un clan en el que las atildadas formas –en el hablar, en el vestir- siguen pese a todo imponiéndose sobre el odio y la desesperación vital, bajo el manto de una madre que hace como si nada pasara frente a tres hijos brillantes y desahuciados, a los que observa con curiosidad y diversión de entomóloga. Una versión antitética de la felicidad excéntrica que se respira en “Mi familia y otros animales”, de Gerald Durrell, en la mineral Astorga en vez de en la luminosa Corfú. "En la infancia vivimos, y después sobrevivimos", dice Leopoldo, el primogénito. Homosexual, agitador, encarcelado, mejor poeta que el padre a juicio de muchos, mejor escritor que su hermano Juan Luís –el talento como padre de la envidia-, es la voz de la conciencia de la familia, el loco que canta las verdades, los errores y las carencias, de las que fue víctima y agente provocador. Sin dejar de fumar un solo instante, mirando al suelo, le afea a su madre el haberle mandado a un sanatorio, un lugar que le pareció infinitamente peor que la cárcel. En presidio dijo haber conocido la amistad verdadera y haberse reconciliado con su homosexualidad. La película interpela al espectador, pues el fuerte componente genético de los Panero parece condenarles de modo inexorable a la desgracia, a la locura y al suicidio. Como si con esos mimbres no cupiere libre albedrío alguno. Se nos quiere hacer creer que somos responsables de nuestros actos, pero se habla poco de los condicionantes que los provocan. “El desencanto” es un magnífico tratado de psiquiatría, tan extremo como real, tan ilustrativo como infame, un documental avanzado a su época, que rompía con todos los tabúes que hasta entonces habían apuntalado la sacrosanta institución de la familia tradicional española.
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