Opinión | ZAMOREANDO
Nefasta gestión
OPINIÓN | El cambio climático se ha convertido en la coartada perfecta para la incompetencia política y la hipocresía urbana

Medios de la provincia de Zamora colaboran en la extinción del incendio de Portugal / LOZ
El cambio climático se ha convertido en la coartada perfecta para la incompetencia política y la hipocresía urbana. Cada verano, cuando las llamas devoran nuestros montes, el relato oficial se activa con precisión milimétrica: la culpa es exclusivamente del cambio climático. Es una mentira cómoda. El clima cambia, pero el fuego se alimenta de la desidia, el abandono y la asfixia sistemática al mundo rural. Los montes no arden solo porque haga calor; arden porque están sucios, abandonados y legislados desde despachos a cientos de kilómetros del suelo que pisa el ganado.
El verdadero combustible de estos incendios es la maleza acumulada. Durante siglos, los pueblos mantuvieron el equilibrio ecológico mediante el desbroce y, sobre todo, el pastoreo tradicional. Las ovejas y las cabras eran los bomberos más eficaces y económicos del país: limpiaban el sotobosque a coste cero. Hoy, una maraña de normativas medioambientales absurdas e hiperburocratizadas prohíbe o restringe severamente que el ganado paste en libertad. Se ha criminalizado al pastor y se ha santificado el abandono bajo el falso sello del ecologismo de salón.
El resultado de vaciar los pueblos y atar de manos a quienes saben cuidar la tierra está a la vista. El monte bajo se convierte en un polvorín continuo esperando una chispa. Culpar al cambio climático de cada hectárea calcinada es lavarse las manos con agua sucia. Es hora de señalar a los verdaderos responsables: una gestión forestal nefasta que prefiere invertir millones en apagar incendios en lugar de permitir que la gente del campo los prevenga viviendo de su trabajo. Si no se limpia el monte y se devuelve la libertad al ganado, lo que arde no es la naturaleza; es el futuro de nuestra soberanía rural por culpa de vuestra burocracia.
Apagar un incendio cuesta miles de euros por hora en hidroaviones, brigadas y tecnología punta; un despliegue millonario que solo sirve para certificar la catástrofe sobre el terreno quemado. Es una incoherencia sangrante que las administraciones públicas dilapiden fortunas en la extinción mientras regatean céntimos a las ayudas a la ganadería extensiva y ahogan a trabas el desbroce preventivo. Invertir en el bombero verde, que es el ganado, cuesta una fracción insignificante de lo que supone sofocar un monte en llamas. Mientras la política forestal prefiera el negocio del fuego al mantenimiento de la vida rural, seguiremos pagando con dinero público el precio de su soberbia y con cenizas el valor de nuestra tierra.
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