Opinión
Frente a los tapices de la Catedral (I)
OPINIÓN | La narración es trepidante, está contada en tercera persona y el orgullo, la ira, la venganza, el amor, la furia o la piedad, afectan por igual a héroes y dioses

Tapices de la Catedral de Zamora. / Archivo
La belleza siempre le había fascinado. También, el oscuro mundo de las pasiones. Por ello, el brutal combate que aqueos y troyanos mantuvieron durante diez largos años por una hermosa mujer le cautivó de inmediato.
Desde que tuviera conocimiento de la gesta cantada por Homero una fuerza interior le empujaba a perpetuar las fatigas de los esforzados guerreros aqueos en torno a Troya. A este fin dejó quehaceres y obligaciones y en la obsesiva búsqueda del verso definitivo el poeta olvidó, incluso, el descanso y con frecuencia el necesario alimento.
Los días y las noches se sucedían fieles a su ciclo de alternancia, pero él no prestaba atención al fascinante prodigio afanado como estaba en dejar constancia de cuanto acaeció alrededor de las murallas troyanas. Pautaba versos sin desmayo. Obstinadamente medía sílabas y buscaba, infatigable, la palabra definitiva en un proceso por fuerza agotador y doloroso.
¡Sí!, porque después de interminables horas arqueada frente al pergamino la espalda se negaba a recobrar su posición natural. Los ojos se hinchaban. Los músculos del cuello adquirían una rigidez desconocida y la cabeza estallaba, sin embargo, su determinación era inquebrantable. Nada le haría desistir en el empeño de narrar aquella encarnizada guerra que parecía no fuera a terminar nunca.
Pasó mucho tiempo desde que comenzara el poema pidiendo a las musas fuerza para cantar la cólera del pelida Aquiles hasta llegar a los solemnes ritos fúnebres finales en honor del príncipe troyano Héctor. La narración es trepidante, está contada en tercera persona y el orgullo, la ira, la venganza, el amor, la furia o la piedad, afectan por igual a héroes y dioses. Las pasiones determinan en todo momento el discurrir de la trama.
Según Homero fueron muchas las calamidades y fatigas sufridas por los aqueos en torno a Troya y no menos las de los troyanos repeliendo los furibundos ataques. Plasmarlas en el pergamino era tarea ardua, por esto cuando finalizó aquella enorme composición que contaba con algo más de 30.000 versos suspiró aliviado. Se sintió contento. Había acabado...
Poco podía imaginar Benoît de Sainte- Maure, allá en la Galia, que su recién terminado poema, "Le Roman de Troie", habría de inspirar siglos más tarde una serie de tapices bordados con lana y seda en talleres flamencos. Tapices espléndidos que con el tiempo acabarían colgando en los muros de una catedral que por aquel entonces los lugareños comenzaban a levantar en un lugar remoto de la convulsa Hispania. En el reino de León, rayando con Lusitania. Estaba bañado por el río Duero, se llamaba Zamora y los juglares le decían "la bien cercada".
Sucedió en torno al año 1170. Así ocurrió y yo estoy aquí para contarlo.
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