Opinión | Zamoreando
Como no podía ser de otra manera
Los jardines verticales son la prueba de que las plantas necesitaban terapia de gravedad: las de arriba se mueren de sed y las de abajo de depresión por ahogamiento.

Uno de los jardines verticales. / Víctor Garrido
Utilizo como título la frase favorita, sobre todo de la res política, porque como no podía ser de otra manera por fin alguien, con dos dedos de frente, ha venido a darme la razón sobre el bodrio de los jardines verticales, que ni frescor ni sombra dan cuando más se necesita. Eso ha sido un invento chino del Ayuntamiento para colocarnos en las plazas y vías principales unos estafermos que, lejos de lucir, afean el paisaje y sirven para el pillaje del paisanaje.
Se les dio un bombo que ni que fueran los Jardines Colgantes de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Aquellos fueron construidos en el siglo VI antes de Cristo, durante el reinado de Nabucodonosor y ya ve, a día de hoy, se habla de ellos con admiración. Ironías aparte, de estos, instalados por el Ayuntamiento, no se habla, se despotrica directamente. Es verdad que para gustos se hicieron los colores, pero la mayoría, que en democracia es la que cuenta o debería contar, opina igualito que servidora.
Ha sido la Comisión Territorial de Patrimonio, ¡chapó!, la que ha requerido al Excelentísimo la retirada de los jardines verticales del Casco Histórico. Se han quedado un poco cortos. Los del Casco Histórico, los de La Marina, por supuesto los de Fernández Duro y allá donde se les haya ocurrido instalar semejantes cachivaches. La muralla está quedando muy bien, no así los susodichos.
Aprovecho la coyuntura para recordarles al señor Novo y al señor Guarido, la "guarrindonguería" que, en pleno centro de la ciudad, suponen los contenedores a rebosar con los que obsequian a los supermercados céntricos, especialmente al de Magistral Romero. Contenedores que afean la calle, sufren también pillaje y sobre los que los vecinos tienen mucho que decir. Prometieron soterrarlos en lugares adecuados, no molestando al vecindario, pero no cumplen y así llevamos años y más años.
Por lo menos con los "verticales" por fin se hace justicia. Más flores de colores, más fuentes rumorosas, más monumentos dedicados a los zamoranos ilustres que muy bien podrían adornar calles, plazas y rotondas, y menos inventarse modalidades botánicas que, ya digo, ni sombra, ni frescor. Los jardines verticales son la prueba de que las plantas necesitaban terapia de gravedad: las de arriba se mueren de sed y las de abajo de depresión por ahogamiento.
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