Opinión
Desplazándose por un pasillo angosto
Se desplazaba a través de un extraño pasillo, largo y angosto, falto de iluminación. Solo unas pequeñas fuentes de luz, a nivel del suelo, dotadas de algo que se asemejaba a unos detectores de presencia, le servían de referencia. Iban encendiéndose y apagándose en la medida que se acercaba o se alejaba de ellas.

Imágenes de varias especies de gasterópodos planctónicos, incluidas cinco mariposas marinas (con caparazón) y dos ángeles marinos (desnudos). / KATJA PEIJNENBURG ET AL.
Se desplazaba a través de un extraño pasillo, largo y angosto, falto de iluminación. Solo unas pequeñas fuentes de luz, a nivel del suelo, dotadas de algo que se asemejaba a unos detectores de presencia, le servían de referencia. Iban encendiéndose y apagándose en la medida que se acercaba o se alejaba de ellas. La luz que emitían era tan sutil y fugaz como la de una candela. No obstante, permitían que pudieran distinguirse algunas sombras.
Apenas se acordaba de cómo había llegado hasta allí, y menos aún hacia dónde se dirigía. Lo cierto era que, sumergido en aquella penumbra, y en la medida que iba avanzando, le daba la impresión de que aquel pasillo no se acababa nunca. No podía calcular cuánto faltaba para acabar su recorrido. Hasta que llegó un momento en el que, a lo lejos, pareció entreverse la presencia de una especie de portillo. Un tipo de puerta de un material indefinido que, más que nada, ejercía de obstáculo, impidiendo continuar avanzando. Pero, ¿qué hacía allí esa barrera, cerrada a cal y canto? Aquello ocurría, precisamente, en una hora temprana, cuando se acercaba el alba y el sol comenzaba a hacer su trabajo.
Llegó un momento en el que alcanzó el final del pasillo, y pudo observar que aquella especie de puerta no tenía pomo, tampoco cerradura, ni ninguna otra garambaina, lo que complicaba la posibilidad de proceder a su apertura. Como si se tratara de un acto reflejo tocó como pudo uno de sus bordes y, sorprendentemente, el portón comenzó a girar pausadamente mientras basculaba sobre una especie de goznes.
Fue en ese momento cuando impactó sobre él un potente chorro de luz procedente del exterior con la aviesa intención de iluminar aquel espacio. Tal proyección luminosa era tan poderosa que no podía distinguir nada de lo que apareció frente a él. Esa situación de ceguera pudo durar apenas unos segundos, o quizás minutos, o años, o milenios. No fue capaz de cuantificarlo.
Lo cierto es que al otro lado del portón su presencia produjo una gran satisfacción al grupo de personas que le estaban esperando. Geólogos, biólogos y antropólogos que a base de excavaciones y de paciencia habían profundizado en la roca hasta dar con él, se sentían muy satisfechos, ya que su presencia no dejaba de ser un gran hallazgo. No en vano, aquel especímen había permanecido incrustado en la piedra durante muchísimo tiempo. Posiblemente, aquel fósil, en su momento, habría podido formar parte de un todo interesante, de algo deseado, ya fuera por su valor intrínseco o simplemente por su aspecto, o quizás pudo tratarse de un manjar apetitoso o de una pieza valorada por sus contemporáneos.
A través de procesos físicos y químicos había permanecido en los estratos como si tal cosa. Ahora, aquel invertebrado, perteneciente a una de esas treinta mil especies ya extintas, se encontraba a la vista de un nutrido grupo de investigadores del siglo XXI. El artrópodo en cuestión, primero viviendo en el mar y después acurrucado entre tierras y yesos, se había perdido gran parte de la historia. Porque por donde había estado el molusco habían pasado iberos y celtas, romanos y árabes mientras él había permanecido inmóvil, e in albis, sin enterarse de lo que acontecía a su alrededor.
Ahora, una vez extraído de la roca, le llevarían a algún laboratorio para ser estudiado y clasificado, y pasar posteriormente a formar parte de alguna de las vitrinas de un museo, donde permanecería desnudo de cara al público. Sin permitírsele conservar el más mínimo pudor, sería mostrado ante cientos o miles de personas que, aun no siendo conscientes de su valor e importancia, se permitirían emitir algún juicio de valor sobre su aspecto y estructura.
Todo eso pasó por su cerebro (en el supuesto de que los moluscos tuvieran cerebro) en un abrir y cerrar de ojos (también suponiendo que tuvieran ojos). Lo cierto es que el fósil, realmente, no tenía claro si las vivencias en las que, supuestamente, recorría aquel túnel que nunca se acababa, formaban parte de la realidad, o si simplemente eran fruto de una recreación de esas que ahora se prodigan valiéndose de la inteligencia artificial. Quizás, el gasterópodo de la vitrina de al lado que le iba a tocar de vecino en el museo, algún día podría aclarárselo.
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